Rocío Jurado, estamos grabando

Alberto Gutiérrez Periodista

Le llamaban “la más grande” porque eclipsó a artistas de varias generaciones gracias a una voz de soprano de la copla. Ella se sentía cómoda bajo el palio de la admiración popular y por ello vendió su vida en facsímiles de bodas, bautizos y comuniones. Intentó cubrir todos los sacramentos, así era Rocío Jurado, y así actuó cuando se lo demandó una prensa especializada en la trata de corazones dolientes y abotargados. Su muerte ha sido objeto de polémica por el uso y abuso del periodismo de vertedero, ejecutor de un penoso escarnio sobre la dignidad humana.

Acostumbrados a la permanente presencia de los medios de comunicación, los familiares de Rocío Jurado han anunciado su agradecimiento por las muestras de cariño recibidas. Nada han dicho de la intromisión de un puñado de reporteros a los que les faltó llegar al lecho de muerte para relatar los últimos suspiros de una mujer doblegada por el cáncer. Tal vez se sentían de verdad agradecidos: las cámaras forman parte de su vida, de su paisaje diario, de su avituallamiento por una vida plasmada íntegramente en el papel couché, espejo de ensoñaciones, anhelos y frustraciones.

Ciertamente, da lástima que hayamos llegado a priorizar la aparición en la televisión a la salvaguarda de tu intimidad y de tu imagen, que ya no pinta nada o, más bien, pinta demasiado, pues la pequeña pantalla lucra a decenas de personas a las que no les importa que le vean hurgarse la nariz mientras juegan a ser idiotas, tal cual sucede en los espacios de reality show.

La familia de Rocío Jurado no es más que el reflejo de una sociedad deudora de imágenes de impacto y establecida sobre un légamo de periodismo de baja estofa urdido en las redacciones de los tomates y en ese plan. Y esto no por repetido es menos cierto, aunque millones de telespectadores sigan preguntándose quién besó la mejilla del abatido Ortega Cano, un gran torero al que la Historia deberá poner en su sitio una vez separado el grano de la paja del corazón.

Del mismo modo, Rocío Jurado tendrá que ser recordada por lo que fue, una gran voz, una cantante de poderosos registros, una artista de una pieza, en lugar de la protagonista de unas revistas de ínfima categoría y de unos abyectos programas de televisión que distorsionaron sus logros en el mundo de la canción, aunque a última hora pretendieron enmendarlo con un surtido de nostalgias.

Desconocemos si el periodismo tomará nota, como vector formativo de la sociedad y responsable subsidiario del rumbo de las cosas. No sólo sirve para el entretenimiento, como nos quieren vender. Comerciar con la muerte es el último capítulo de una ética vapuleada por la búsqueda de las audiencias. Los lectores y telespectadores también tenemos la culpa, es evidente.