El valor de los programas electorales
Valentín Escobar. Abogado. Escobar Navarrete Abogados
Cabe preguntarse, cada vez más, por el verdadero sentido e incluso por el alcance jurídico que tienen los programas electorales. Todos tenemos en mente una definición más o menos común de lo que se entiende por programa electoral. Definido con sencillez, el ciudadano común entiende por programa electoral como el documento por medio del cual un partido político o una agrupación concurre a unas elecciones y se compromete a cumplirlo si sale elegido.
Esta introducción viene al caso como consecuencia de las últimas elecciones generales celebradas el 20-N. Resulta que gran parte del debate político previo a las elecciones ha versado sobre el programa electoral de los dos grandes partidos que concurrían a las elecciones con posibilidades de victoria. La discusión no se ha centrado realmente en las propuestas más o menos concretas que uno y otro pudieran contener, sino entorno a mutuas acusaciones de que, “en realidad”, ambos decían que su adversario tenía un “programa oculto”. Así, el PP acusaba al PSOE de haber gobernado haciendo precisamente todo lo contrario de lo que decía su programa en las elecciones anteriores; y con ese argumento, daba por sentado que en caso de victoria socialista volvería a ocurrir lo mismo. Por su parte, el PSOE ha centrado de forma principal su campaña en alertar del supuesto plan oculto del PP, en virtud del cual –siempre según su interpretación- las medidas que en caso de victoria piensa adoptar ese partido para luchar contra la crisis económica no son las que se contienen en su programa electoral, sino un plan de recortes de prestaciones sociales más o menos drástico.
Aún es pronto para saber si alguno de los dos llevaba razón. Lo sabremos cuando el PP tome posesión efectiva del Gobierno, en unos días.
Pero resulta que, mientras PP y PSOE discutían sobre programas electorales, CIU, presente ya en el gobierno autonómico de Cataluña, ha anunciado a las 48 horas de ganar las elecciones en su comunidad un paquete de recortes severísimo, y del que por supuesto no se había dicho nada en su programa electoral. Hablamos nada menos que de nuevos recortes a los salarios de los funcionarios, y de introducir de forma efectiva el copago sanitario, además de subir los impuestos especiales, entre otras medidas.
¿Es lícito que un partido omita ese tipo de medidas en su programa electoral y las proponga a los dos días de ganar unas elecciones? ¿tiene algún tipo de valor contractual o al menos moral el contenido de los programas electorales? Jurídicamente no hay nada que hacer, eso ya lo sabemos. Que cada cual tome nota y actúe en consecuencia la próxima vez que vote. No hay más. Pero, ¿es moral? Moralmente, el asunto no plantea mayor debate; claro que es indigno. Los políticos deberían tener la gallardía de proponer aquello que efectivamente van a llevar a cabo en caso de ganar unas elecciones, sin sobreentendidos ni programas electorales llenos de frases vacías y más o menos neutras, como por desgracia hacen.
En eso se han convertido los programas electorales: son documentos más o menos complejos que en realidad no dicen casi nada, preñados de frases que suenan estupendamente pero que a menudo son tan sólo un eslogan. En ocasiones resulta casi imposible saber a qué partido pertenece el programa, y si no fuese por el logotipo del partido, impreso en una esquina del documento, no podríamos distinguir un programa de otro.
Y entonces, ¿para que valen los programas electorales? Lo cierto y verdad, es que a fecha de hoy, para nada. Sería interesante replantearse esta cuestión. Podríamos, por ejemplo, obligar a nuestros gobernantes a pasar nuevamente por las urnas en caso de pretender adoptar medidas radicalmente contrarias a las prometidas en su programa, por ejemplo, en caso de que un partido prometa rebajar los impuestos y después pretenda elevarlos, etc... mientras tanto, los programas electorales no son más que un conjunto más o menos ordenado de promesas electorales. Y sobre la definición de lo que es una promesa electoral, sí que no hay debate….
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