jueves. 04.06.2026

The big short

Manuel Jaén. Catedrático de Economía de la UAL

Las causas y las consecuencias de la crisis económica que nos asuela han llenado muchas páginas de periódicos y han permitido a muchos expertos y no tan expertos escribir libros más o menos acertados sobre lo ocurrido y lo por ocurrir. Mis necesidades profesionales y también la curiosidad personal me han llevado a la lectura de un buen número de estos libros. En un próximo artículo tengo el propósito de comentarles una amplia bibliografía bastante comprensible para entender, o por lo menos intentarlo, la crisis.

Hoy me quiero ocupar de un trabajo que me ha parecido particularmente impactante. Se titula “The big short”. Su autor Michael Lewis ya nos obsequió con un magnifico libro sobre los mercados financieros “El póker del mentiroso” en el que nos ilustraba sobre la clase de soberbios cenutrios que comandan las grandes firmas de Wall Street y como esos exquisitos incompetentes se llevan a su casa millones de dólares cada año sin hacer ningún mérito para merecerlo y, cómo cuándo cometen enormes errores, no sólo no tienen ninguna responsabilidad sino que para ocultar su incompetencia son ascendidos.

En este libro vuelve a insistir en estos temas bajo otra óptica. Analiza los comportamientos que han provocado la Gran Recesión y lo hace desde dentro. Desde el punto de vista de aquéllos que se dieron cuenta de lo que se estaba cociendo, de la locura de los mercados financieros y apostaron no sólo contra los bonos basura sino, en realidad, contra el propio sistema.

De estas apuestas en contra deriva el nombre del libro, literalmente “El Gran Corto” aunque también se podría traducir como “La Gran Contra”.

Las apuestas contra el mercado son tan antiguas como el propio mercado y consisten, fundamentalmente, en considerar que las acciones de una empresa o de un grupo de empresas van a bajar por las circunstancias que sean. El especulador pide prestado un paquete de esas acciones y las vende, en el momento de tener que devolverlas las recompra a un precio inferior y las devuelve, con lo que gana la diferencia entre el precio de compra y de venta. Si además la compra la realiza con un préstamo bancario la ganancia porcentual puede ser enorme.

Una de las acciones más espectaculares en este sentido fue la que realizó el financiero George Soros en 1992 en la que apostó contra la libra esterlina con un préstamo del Banco de Inglaterra y consiguió hundirla junto con la peseta y la lira ganando de camino, con el dinero prestado por el Banco de Inglaterra, varios miles de millones de dólares.

A veces estas operaciones a corto pueden ser muy perjudiciales y crear gran inestabilidad en el mercado con lo que, como ha ocurrido el pasado Agosto en la U.E., pueden ser prohibidas por los gobiernos. Otras veces, aunque dinamiten algunos valores, pueden imponer cierta disciplina a las empresas que se saben vigiladas por estos especuladores.

La situación que nos ocupa es distinta y bastante más peligrosa que una simple apuesta contra un valor pues, como decía anteriormente, se convirtió en una apuesta contra un mercado entero y, finalmente, contra un sistema.

El punto de partida son los bonos creados por las distintas grandes firmas de Wall Street, Goldman Sach, Lheman Brothers, J.P. Morgan, etc., a partir de las hipotecas a personas con ingresos bajos y con pocas posibilidades de devolverlas. Son lo que se ha venido a denominar, usando literalmente la terminología norteamericana, hipotecas subprime o, más apropiadamente, hipotecas basura. Los prestatarios de estas hipotecas eran americanos, nativos o de adopción, de rentas bajas a los que en un momento de euforia inmobiliaria se les permitía acceder a la compra de una vivienda muy por encima de sus posibilidades sabiendo sus vendedores y prestamistas, y muchas veces los propios prestatarios, que no iban a poder pagarlas. El truco estaba en que, en un momento de burbuja inmobiliaria, al aumentar el precio de la vivienda ésta se podía refinanciar incluyendo en la nueva hipoteca el capital y los intereses no pagados de la anterior y, naturalmente, los gastos. Con todo ello, la pléyade de intermediarios que pululaban alrededor de este mercado conseguían jugosas comisiones. Si el prestatario decidía renunciar a la vivienda no había problema, en un mercado en expansión siempre habría alguien dispuesto a comprarla con un nuevo préstamo y, por consiguiente, nuevas comisiones. Mientras la rueda siguiera girando, es decir mientras se mantuviese la burbuja, el mercado seguiría funcionando.

Los prestamistas en este mercado no asumían ningún riesgo pues vendían sus préstamos a los grandes intermediarios , los grandes bancos de inversión. Éstos empaquetaban estas hipotecas según un sistema clasificatorio sobre la posibilidad de impago convirtiéndolas en bonos respaldados por activos. Aunque en un principio los activos eran variados: seguros de vida, préstamos al consumo, tarjetas de crédito, etc., finalmente, en un 95%, eran hipotecas subprime. Estos bonos, una vez pasados por la lavadora de los intermediarios, eran sometidos a la consideración de las agencias de rating que, con más torpeza que acierto, les daban elevadas calificaciones. En muchos casos AAA que se supone que sólo puede ser otorgada a los activos más seguros tales como los bonos del tesoro de EE.UU. y en la mayoría AA o A que también aportan una gran seguridad. Con el aval de las agencias de calificación, los bonos eran lanzados al mercado y vendidos en grandes cantidades, miles de billones de dólares.

La máquina tenía que ser continuamente alimentada con nuevos préstamos hipotecarios que siempre eran posibles con nuevas construcciones en un mercado al alza.

Paralelamente reempaquetando aquéllos bonos que eran difícilmente vendibles por su baja calificación Morgan Stanley creó los CDO (Collateralized Debt Obligation) en los que se reunían un centenar de diferentes bonos hipotecarios, usualmente los más arriesgados, los pisos más bajos en la torre original con los que se construía una nueva torre de bonos con el propósito de conseguir una calificación superior de las agencias de rating que la que tenían los bonos de forma individual. De esta forma el CDO era una lavadora, una máquina que convertía el plomo en oro.

Todo este galimatías difícilmente descifrable, que no entendían ni sus propios creadores, desplazó al resto de los mercados en Wall Street de manera que la mayor parte de las ganancias de las grandes intermediarios, en cifras de miles de millones de dólares, y de sus operadores, en cifras de cientos de millones de dólares, estaban en el mercado de bonos respaldados por hipotecas subprime.

La sinrazón de esta situación y su crash en un plazo más o menos corto fue percibida únicamente por un puñado de inversores y directores de fondos de inversión que decidieron apostar contra este mercado. Sin embargo los bonos, a diferencia de las acciones eran imposibles de vender a corto. Para ello es necesario poder pedir el bono o la acción prestado y estos tramos de bonos hipotecarios eran delgados e imposibles de encontrar. Se podían comprar o no pero no se podía apostar explícitamente contra ellos. No había lugar para personas que tuviesen una visión oscura del mercado.

La solución la encontraron mediante un instrumento que había sido creado para otros menesteres. Los CDS (Credit Default Swap o intercambio de impago de crédito). A pesar de este extraño nombre un CDS es simplemente un seguro contra el impago de un determinado crédito y funciona como tal. Supongamos el caso de un seguro sobre el impago de bonos por valor de 100 millones de dólares. Si la prima es de 200 puntos básicos (2%) habrá que pagar cada año 2 millones de dólares para asegurar los bonos, con la promesa de que si los bonos no son pagados a su vencimiento el poseedor del CDS recibirá 100 millones de dólares. Es decir, si el mercado caía a los 3 años de haber suscrito el CDS su poseedor ganaría la friolera de 94 millones de dólares, con un riesgo de 6 millones de dólares. Lo curioso de este caso es que no era necesario poseer los bonos para suscribir los CDS con lo que la situación era análoga a suscribir un seguro para inundaciones por una casa que estaba en el cauce de un río que no era propiedad del poseedor del seguro.

La facilidad con que los inversores consiguieron la creación de este tipo especial de CDS y los bajos precios de los mismos hicieron llegar a su compradores a la conclusión de que los creadores de los bonos eran estúpidos o ladrones o ambas cosas a la vez y que el sistema era una gigantesca pirámide de Ponzi creada con la complicidad y la estulticia de las agencias de rating que estaban llenas de individuos frustrados intentando salir de allí para trabajar en alguno de los bancos de inversión.

En Agosto de 2007 se produjo la hecatombe. Los CDS que se habían vendido en 2006 e incluso 2007 con primas del 0,5% eran recomprados por sus emisores a valores del 85 o 90% de manera que un fondo de inversión que había comprado 100 millones de dólares por 500.000 de prima anual tenía un papel que valía 85 0 90 millones de dólares. Obviamente en el otro lado, las pérdidas eran escandalosas. Morgan Stanley tenía pérdidas de más de 9000 millones de dólares, las pérdidas individuales más grandes en la historia de Wall Street. A su lado estaban City Group y Merry Linch y un gran banco europeo como UBS que perdió 37.400 millones de dólares.

Mención aparte merece AIG (American International Group), la aseguradora que suscribió la mayor parte de los CDS, cuyas multimillonarias pérdidas no se han podido cuantificar totalmente pero que se calculan en 307.000 millones de dólares. Junta a ella sufrieron grandes pérdidas muchos inversores privados y fondos que mantenían en sus carteras bonos y CDS.

El resto de la historia ya es conocido por todos. El gobierno estadounidense intervino de forma masiva, con dinero del contribuyente, para salvar de la quiebra a esta aseguradora y a varios bancos que estaban en las mismas condiciones. Los gobiernos europeos acudieron al rescate de sus bancos y entidades financieras respaldados incondicionalmente por el BCE. Se prometió, por parte de todos los gobiernos y los organismos multilaterales G8 y G20, una rápida reforma de los mercados financieros, un fuerte aumento de la regulación para que esto no pudiera ocurrir pero no se ha hecho absolutamente nada.

Ahora todas esos inversores y todas esas entidades financieras a las que se salvó con dinero público, posibilitando grandes déficits tanto en la economía USA como en las europeas, son las que están provocando las enormes turbulencias en los mercados de deuda y colocando al borde del colapso a los países de la UE.

The big short
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