Patricio González
Sus miradas se cruzaron en el supermercado. Se habían visto alguna que otra vez hacía ya casi un año. Sus esposas cogían los productos de las estanterías mientras ellos empujaban los carritos de la compra.
Pero ellos se conocían desde hacía bastante tiempo. Su sitio natural un lunes a las doce de la mañana no era, precisamente, un supermercado buscando latas de conservas, sino el trasiego de calles, bancos, hipotecas.
Por ello se sorprendieron al encontrarse. “Parado, si, me he quedado parado”. Había pasado todo ese tiempo y todo seguía igual.
Por ello bastó que sus miradas se cruzaran ayer, otra vez, en el supermercado. Por que no les hacía falta decir más, bastaba sólo con la mirada.
Lo que no se dijeron nunca es que, desde la primera vez que se encontraron, habían tomado el portón cerrado de lo que había sido el trabajo de cada uno como referencia de la crisis.
Allí se agolpan ahora las cartas de los bancos, la propaganda de Mediamarkt en el rellano polvoriento que separaba sus oficinas y esa es, precisamente, la mejor estampa del suelo de la crisis de la que hablan los economistas.
Venta y alquiler de pisos en el centro de la ciudad; un buen negocio del que nadie podía imaginar este final tan seco, tan abrupto y tan radical. Porque ninguna actividad se para así, tan de golpe. Y nadie puede sobrevivir a este colapso.
Antes de consumir los últimos ahorros pagando facturas, habían bajado las persianas y desde entonces se han limitado a esperar una llamada de la Oficina de Empleo. Mientras tanto, han hecho cursos de formación, coleccionando diplomas y certificados de asistencia, empujan el carrito de la compra en el supermercado acompañando a sus esposas. Pero se encuentran, como tantos otros, totalmente fuera de contexto y, lo peor, es que cada día hay más gente así en los supermercados, matrimonios jóvenes que se han visto arrojados de la normalidad más simple a la que se puede aspirar, un puesto de trabajo. Que ya se cuentan por millones las personas a las que no les llega ni para tirar para adelante.
Ya hay dos millones de hombres y mujeres que no tienen ni trabajo ni prestación. Por eso, a ellos les bastó con cruzarse sus miradas en el supermercado, porque ambos sabían la pregunta y la respuesta.
“¿Zapatero? ¿ pero tú crees que a mi me importa un comino que le suceda Rubalcaba ó Carme Chacón? ¿A quién coño le importa que zapatero diga ahora que se va? A nosotros que más nos da, si nuestro problema es que dentro de cuatro meses dejamos de cobrar el paro…”.
Las miradas lo decían todo.
La realidad política no tiene que hacer cola en el supermercado un lunes a las doce de la mañana.
