jueves. 04.06.2026

Abucheando al personal

Miguel Martín, Teleprensa.es

La celebración del Día de la Hispanidad suele ser la rehostia en éste, nuestro país. La que se supone que es nuestra mayor fiesta, suele acabar empañada por la acción de unos y la intolerancia de otros, de forma que, como de costumbre, al final volvemos a dar protagonismo a quien menos lo merece y damos una imagen un tanto lamentable al resto de naciones, que para nuestra vergüenza, sí disfrutan de tales conmemoraciones.

Zapatero, ZP, el presidente del Gobierno, fue abucheado este martes una vez más. Me da igual si lo fue por la ‘más rancia extrema derecha’ o por Espinete y Don Pimpón; me da igual que por otros lares también se cuezan habas, o que sea yo el menos adecuado para opinar al respecto.

A mí, por eso de mi temperamento volátil, propenso al enfado más desenfrenado, siempre me han dicho que me pierden las formas, que en el momento en el que dejo paso al grito y a la ira, la razón me ha abandonado, por mucho que pudiera asistirme en un primer momento.

Así, cabe preguntarse si el escarnio público es la mejor solución, si con los abucheos y los ‘Zapatero dimisión’ se consigue algo, más allá que darle bola a la siempre dispuesta oposición, para que realice su critiquilla de turno.

Nadie puede negar que España no va como debiera; nadie libre de partidismos dejará de ver que hoy está un poco más jodido que ayer; tampoco que es posible que se haya actuado tarde y mal… Pero ¿abucheos?

Es lo mismo que pasa cuando a alguien le da por quemar una foto del Rey o por defecar verbalmente en la familia Borbón, puede ser que tenga razón en el fondo –que cada cual es libre de creer lo que quiera- pero la dejan volar con estos actos.

Amigo lector, no interprete usted que defiendo a Zapatero porque simpatizo con él. Esa cuestión quedará únicamente para mí. Entienda que, como el primero en alzar la voz cuando ha llegado el momento, sé lo que es quedar prisionero de mi actitud.

Tampoco entienda que critico a quien procede de tal modo, la libertad es nuestro mayor bien; mi ánimo es el de advertir que entra en una senda peligrosa.

Eso, y la envidia, los celos a países que cuando llega la hora, patriotismo en mano –que sí, que ser patriota en su justa medida no es malo- se ponen la mano en el pecho y cantan el himno nacional –claro que como el nuestro no tiene letra, es más complicado-.

Los españoles somos un pueblo extraño, capaces de lo mejor, pero también de lo peor, más bajo y rastrero; de la discusión eterna y permanente, del enfrentamiento entre dos bandos que para la mayoría dejó de existir hace mucho; de hacer nuestra la causa de otros en detrimento de nuestra propiedad identidad. Es como si viviésemos acomplejados y con la necesidad de pedir perdón a cada paso; a todos, menos a nuestros hermanos.

Ojalá me equivoque y el próximo Día de la Hispanidad, haya más unanimidad a la hora de felicitarnos, y no porque alguna amiga se llame Pilar.

Abucheando al personal
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