Miguel Martín, Teleprensa.es
Hubo una época en la que los culebrones sudamericanos con nombre de gemas y piedras preciosas abundaban: Rubí, Topacio, Cristal, etc.; unos años en los que los buenos eran buenísimos –y sufrían por ello como pocos- y los malos malísimos, casi un esbozo de persona cuya identidad real era un demonio depravado.
Con el tiempo, estas producciones se han calmado, aunque aún se dejan ver de cuando en cuando, sin ir más lejos, en Almería disfrutamos ahora de una novela llamada Amatista, en la más pura de las tradiciones, aunque con una sutil diferencia: el nombre de la serie no es necesariamente el de una protagonista perdida en un mar de corrupción.
No, Amatista es como la reina en el cuento de Blancanieves, una mujer celosa de todo aquel que le reste importancia y protagonismo, dispuesta a hacer lo que sea preciso para seguir siendo la más bella del lugar.
Supongo que todos habrán visto la clásica adaptación del cuento realizada por Walt Disney, y me imagino que recordarán que es lo que hace esta madrastra para quitar de en medio a la princesita: utiliza a un sicario –en este caso un cazador- para matar a Blancanieves sin manchar sus pulcras manos.
Es cierto que, en consonancia con los tiempos que corren, el objeto de las envidias de Amatista no es un ser completamente inocente y sin sangre en las venas –Blancanieves llegaba a ser odiosa de tan pava que era-; pero no menos cierto es que el televidente se identifica con esta persona porque va de cara y tiene unas ideas muy claras de lo que debe y lo que no debe ser.
Amatista, por el contrario, recurre a las sombras, a la intriga más Shakespeariana, se alía con quién haga falta y deja ver que no ha roto un plato en su vida cuando nosotros –que actuamos como notarios en una dimensión paralela que nos deja ver todo lo que sucede en la de Amatista- sabemos que no es así.
Ahora mismo, con el culebrón en su ecuador, no sabemos todavía si será la típica historia en la que el bueno gana o si por el contrario, beberá de esas influencias modernas que permiten que el malo se alce victorioso.
En cualquier caso, permitan que les haga una pregunta ¿cuándo fracasa y es vencida la reina? ¿Cuándo caen los poderosos en los culebrones? La respuesta es sencilla: cuando el velo que cubre sus intrigas desaparece, cuando deciden que es hora de mancharse las manos, cuando descienden al nivel de su rival para acabar directamente con él o con ella…
Amatista, ándate con cuidado.
