Miguel Martín, Teleprensa.es
Algunos años tienen la mala suerte de nacer cuando no deben, lo que los convierte en ovejas negras de su familia, compuesta por lustros, décadas, siglos, milenios, etc.; una mala fama ganada a pulso por otros pero de la que son culpados cual apestado en una sociedad menos ‘evolucionada’ que la nuestra.
Parece que ese es el caso del 2009, un año que ahora nos dice adiós, ya no viejo, sino decrépito, harto de tanto golpe recibido, ansioso porque ese niño de sonrojados carrillos, conocido como 2010, reciba algún que otro palillo aunque, en el fondo, deseando que no corra su misma suerte.
No, no ha sido fácil ser 2009.
Un año que ha recogido los frutos de 2008, 2007, 2006, 2005… Sólo para darse cuenta de que estaban podridos y que, a él y no otro, le tocaba sembrar de nuevo para que la cosecha de sus herederos fuese al menos ligeramente mejor.
¡Pobre 2009! No sabía que entre sus ayudantes no existe la concordia, que mientras uno esparcía semillas, el otro las quitaba; que cuando el otro abonaba, el primero salaba las tierras. Tal es la enemistad entre sus hombres, aquellos que han servido de parteros del año que viene.
¡Quien siembra vientos recoge tempestades! ¡Huye ahora que todavía puedes, 2009!
Aunque la mayoría te maldecirán para siempre, escupirán al oír tu nombre, los que somos como tú te recordaremos con el cariño que aún nos queda, porque no hay año malo, lo que hay es una inmensa cantidad de humanos que os hacen malos.
Adiós 2009, adiós, da paso a 2010 que, esperemos, no sea tan perjudicado.
