Sepulcros blanqueados
Rosa Rodríguez, periodista
Al menos ocho personas han muerto al encallar en una zona rocosa de la costa de Cádiz la patera en la que partieron de Kenitra (Marruecos). Pese a los reiterados mensajes lanzados convenientemente sobre la reducción de la llegada de inmigrantes a consecuencia de la crisis financiera que azota a los países ricos y que no hace más que sumarse a las muchas que enfrentan los países en desarrollo, entre ellas la alimentaria o la del cambio climático, los fallecidos durante su travesía a España superan el medio centenar en lo que va de año, período en el que más de 3.300 personas llegaron en patera a nuestras costas.
Ante la tragedia que ocupa hoy un lugar destacado en los principales medios de comunicación no serán pocos los que aprovechen para plagarla de calificativos oportunistas, facilones y, sobre todo, inútiles. Más que probablemente hoy se volverá a echar en falta que entre las reacciones que suscite lo ocurrido alguna profundice en el origen de las migraciones y en la necesidad real de abordar un fenómeno ante el que de nada vale cercar nuestros países de muros aparentemente invisibles pero tan controvertidos como los que asfixian a buena parte del pueblo palestino.
Los esfuerzos destinados a la seguridad o, dicho de otro modo, al inútil intento de evitar la entrada en nuestro mundo de aquellos que dejan tras de sí una realidad tocada por cifras como la de 55 millones de niños desnutridos deberían empezar a reconducirse de una vez por todas con seriedad, honradez y responsabilidad. Un pequeño paso en este sentido pasaría por la ayuda al desarrollo que ahora se tambalea por la situación financiera actual y, con ella, por el manido compromiso de muchos de destinar algún día el 0,7 por ciento del producto interior bruto a proyectos de cooperación.
Que algún día se alcanzara ese porcentaje sería de agradecer, como también lo sería que el camino hacia la consecución de la tan reiterada promesa no se viera salpicado de falsedades como la que ha puesto en evidencia la Confederación de ONGs Europea, que alertó de que los países de la UE han venido inflando sus cifras de ayuda al desarrollo en un intento por simular que están cumpliendo sus promesas. Ningún país salvo Luxemburgo desechó la tentación de hinchar sus cifras contabilizando en las partidas de cooperación aspectos como las becas concedidas a estudiantes extranjeros o la condonación de las deudas, que serían objeto de otro profundo debate. A esta tentación sucumbió también España, la tan comprometida España que en breve propiciará ese acontecimiento planteario que supondrá el liderazgo progresista a las dos orillas del Atlántico y que se jacta en difundir que llegará al 0,7 tres años antes que el resto de países europeos.
Mientras la imagen de occidente se enturbia con este tipo de informaciones, los países en desarrollo batallan para que la salida de la crisis les dote de una mayor presencia en los mercados internacionales y permita crear una nueva arquitectura financiera global más justa. Pese a estas exigencias con las que, de ser escuchadas, se podría empezar a plantar cara a asuntos vitales como el desigual reparto de la riqueza mundial, no parece ya viable la reformulación del sistema. Tampoco se antoja posible hoy día que los países ricos barajen por un instante ceder terreno a otros territorios a los que están en exceso acostumbrados a conceder su ayuda con una mano, mientras con la otra firman acuerdos comerciales totalmente injustos y, en definitiva, implementan medidas que no hacen más que impedir el reflote de estos países. La expresión "Sepulcros blanqueados", empleada en el Evangelio de San Mateo para definir a los fariseos como relucientes por fuera pero llenos de podredumbre en su interior, parece calcar lamentablemente el doble discurso de los países desarrollados.