Miguel Martín, teleprensa.es
Durante mucho, mucho tiempo, he utilizado, sigo haciéndolo, el mismo apodo cuando me registro en foros y similares, incluso algunas cuentas de correo incluyen esta palabra. Se trata de Alhadra, Playa Verde en Árabe, y el nombre de la carrera (no carretera, por favor) en la que vivo en el barrio de Los Molinos.
Es cierto, primero por mi carácter distante, luego por los lugares en los que he estudiado, y ahora por el trabajo, que tal vez mis vecino, pese a haber pasado toda mi vida en la carrera de Alhadra, y a pesar de ser mis padres molineros de toda la vida, no sepan demasiado bien quién soy. No me extrañaría, la verdad. Yo era más de estar en casa con un Master del Universo, que en la calle pegando brincos.
Sea como fuere, eso da igual ahora.
Lo curioso es que, tras años de escuchar ambulancias subir hasta Torrecárdenas, antes no había una esplendida avenida del Mediterráneo como hoy, tal vez nos hayamos acostumbrado a sus sirenas, y por eso mi familia no prestó atención a algo que pasó hace pocos día, a no llega 20 metros de mi casa. Futesas, cosas sin importancia que pueden pasar desapercibidas.
Me refiero, claro, al apuñalamiento de una mujer, da igual dónde o con qué arma, o si llegó primero Espinete o Don Pimpón (¿qué más dará?), el caso es que, parece increíble, no he creo que se han podido enterar más algunos de Cuenca, por citar un ejemplo, que los del barrio… O será que me tiro mucho tiempo fuera.
El tiempo aquí parece marchar distinto. No en vano, Los Molinos, cuando mis padres eran niños, parecía más un pueblo que un barrio, entre cortijos, huertas y similares. Y algo de eso debe quedar. Por mí, que siga así mucho tiempo, aunque lo veo difícil.
Cuando no era más que un crío, no cogía el autobús para ir al centro, lo hacía para "ir a Almería". Todos los sábados aguardaba ese ritual, observando desde la ventanilla un paisaje que era más digno de una posguerra, en algunos casos, pero que era mío. Pedía al cielo que no cambiase nunca, que esos descampados siguiesen allí siempre.
Era la época en la que asomado a la ventana aún veía la Alcazaba. Cuando se podía ir al mercadillo de Regiones dando una vuelta tela de chula, o, más adelante, comprar en el PRYCA, cruzando entre peñascos y desniveles de tierra que parecían más altos de lo que eran. No muy lejos, había una carretera que aún no era avenida, ni del Mediterráneo, faltaba que se expropiasen unas cuantas casas y se tirase pa"lante.
Sí, era un tanto mierda, pero tenía su encanto.
Entre esos elementos que siempre he visto al lado mismo de casita se encuentra la Granja Escuela. No hace mucho, casualidades de la vida, leí en un periódico, no recuerdo cual, como el proyecto no fue rentable desde el principio, y pasada poco más de una década se dejaba atrás. Desde entonces, ahí sigue, viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá.
Una vez hubo concluido esa etapa inmovilista (debo haber sido el único niño viejo, sin contar a Benjamin Button), gracias a un amigo un tanto revolucionario (gracias por hacerme almeriensista), comencé a pensar que podía ir en la Granja Escuela, para aprovechar un espacio tan particular.
Lo primero que pensé era una mansión. La mía, claro. Luego decidí que, puesto que la lotería toca muy de cuando en cuando, lo mejor sería pensar en todos los ciudadanos, viniendo a mi cabeza la idea de un parque.
Es cierto que no muy lejos está el parque de la calle Instinción, o que subiendo un poco por la carrera de Alhadra hay un simulacro de uno. Pero no menos cierto es que no hay algo similar a un Parque de María Luisa (lo único que puedo decir, sin contar Nostromo, que me gusta de Sevilla). Ya, lo sé, no saldría algo tan tocho, pero me refiero a otro concepto.
Hablo del parque vallado, cerrado a partir de cierta hora, con vegetación de verdad, no como el Nicolás Salmerón, que incluso sirva de recorrido por las especies (unas poquitas, tampoco demasiado), con un estanque, dos o tres esculturas (figurativas, por favor), alguna placa conmemorativa, un quiosco de refrescos, césped… Vamos, lo normal en otros lares.
Como, me dicen algunos, parece ser que tengo incluso quien me lea (me gustaría saber si superan los dedos de una mano), dejaré aquí esta idea, a ver si alguien la lee, le gusta y la plagia (no lo voy a denunciar, que conste).
Creo que es un buen momento para plantearse opciones en este punto, teniendo en cuenta que se va a arreglar la carretera de Níjar, para crear un bulevar en Los Molinos, y que la obra pública viene de perilla, eso dicen, en estos tiempos de crisis.
Aunque, claro, que les voy a decir a ustedes, simplemente soy un platanito de letras, que diría mi profesor de matemáticas de COU, y no doy más de mí.
