jueves. 04.06.2026

Lentejas con risas

Concha Casas Gálvez. Escritora

Este Otoño, como todos lleno de nostalgia me ha evocado un pasaje de lo que ahora se ha dado en llamar «Memoria histórica», con él los dejo.

«Todas las épocas están cerca de Dios», decía Ranke, pero en aquel frío invierno que vio nacer a 1941, Dios se había olvidado de nosotros. La más bella entre las ciudades, la más cantada por los poetas no estaba para rimas. Solo el hambre campeaba por sus hermosas calles desde el Albaicín a la Vega.

Los otrora alegres y cantarines sonidos del agua que habían hecho de la ciudad un vergel, discurrían por sus calles como lamentos de la ciudad entera, que se perdía en las interminables colas en las que tras horas de espera, apenas se conseguía un mendrugo de pan negro y un boniato.

El racionamiento era la nueva peste, pero no la única. Unidas a esa desnutrición endémica que padecíamos, hicieron acto de presencia la tuberculosis, la sarna y todo lo que se asocia al hambre. Veíamos a la gente morirse por la calle, fue la terrible epidemia del «piojo verde», como llamábamos entonces al tifus.

El Darro lloraba y el Paseo de los Tristes nunca lo fue tanto. Nuestro río, cuyo curso de agua es el más pequeño del mundo entero, se ahogaba en su llanto.

La abundancia dejó de existir hasta en el diccionario. Ni siquiera el combustible llegaba para transportar tantos muertos. El carromato municipal que se encargaba del macabro desfile, tardaba días en acudir a las casas de los dolientes, que convivían con el finado hasta que un nuevo suministro permitía repostar. En esos momentos era afortunado el que terminaba sus días en invierno. ¡Ay de la casa en que la parca llegase con los calores del estío!

Era el quinto año triunfal y el segundo de la Victoria. El silencio y el miedo se habían apoderado de aquellas eternas noches. Las luces se apagaban con el sol, los recortes del suministro ya eran estrictos. El alumbrado público se limitaba a la luna y a las estrellas cuando las nubes negras que aplastaban nuestras almas, no las ocultaban a ellas también.

Solo había algo que rompía aquel sepulcral silencio y que conseguía constreñir nuestros corazones aún más. Era el ruido de las camionetas que salían de aquella cárcel de la carretera de Jaén, cargadas de presos. Siempre seguían la misma ruta: el Triunfo, la calle Elvira, plaza Nueva y de allí en un traqueteo imposible subían la Cuesta Gomerez hasta las tapias del cementerio, donde eran fusilados.

Pero en aquel terrible año los periódicos nunca daban noticias como esta, eran muertos anónimos.

Recorríamos aquellas calles empedradas en busca de pan, de algo que llevarnos a la boca tras eternas colas en las que al final apenas conseguíamos un mendrugo que nunca conseguía engañar al hambre.

En la calle de la Verónica compraba el carbón de encina con el que guisaba mi madre el día en que conseguíamos unas lentejas, que flotaban en el agua como las cerillas en el mar, pero cuyo calor conseguía calentar nuestros vacíos estómagos. Mis hermanas eran las que se encargaban de avivar aquel fuego y a pesar de las necesidades hacían de ello una fiesta. «Lentejas con risas» llamaban a aquel escaso y para nosotros suculento mangar. Sin duda alguna el mejor condimento para una época tan triste.

Fue uno más de los años del hambre. Miro hacia atrás y aún me duele recordarlo y pienso que mi intento de explicarlo es vano. Solo los que lo vivimos sabemos de ello…

Lentejas con risas
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