Ana Martínez Labella, Responsable de Comunicación de GIAL
No me prodigo demasiado en la confección de artículos de opinión, pero si me gusta hacer uso de ellos en determinadas ocasiones, normalmente cuando afloran en mí los sentimientos de impotencia y frustración ante lo que considero una injusticia, y veo en esta opción un desahogo para poder expresar lo que por otras vías no puedo.
Desde el año 2004 he vivido desde las trincheras el denominado caso Telvent, “la ciudad digital de Megino”, tal y como la bautizaron desde el Partido Socialista, sufriendo como responsable de comunicación de Gial la imposibilidad de dar a conocer a la ciudadanía las bondades de un proyecto que, impulsado por mi partido, supone grandes beneficios para la ciudad de Almería.
No había manera. Los intentos de vender en positivo una buena iniciativa quedaban permanentemente eclipsados por las denuncias que desde la oposición municipal se venían realizando, acusaciones graves, sin fundamento, que día a día leía y escuchaba en los medios de comunicación con la frustración de no saber como atajarlos. La de barbaridades que se llegaron a decir. Prevaricación, corrupción, tráfico de influencias, pelotazo, trama de financiación ilegal de partidos fueron algunos de los delitos de los que se acusó directamente a Juan Megino, el gran sufridor de esta película de terror convertida en una verdadera pesadilla para los independientes.
Hablaba Martín Soler, acusando personalmente a Juan Megino y apelando a la ética de los concejales del Partido Popular para no ser “cómplices” suyos, de mangoneo e interés bastardo, de pelotazo y sinvergonzonería, de prácticas ilícitas e ilegales que hacían del ayuntamiento de Almería “la cueva de Ali Babá y los cuarenta ladrones”. Diego Cervantes no se quedaba atrás y espetaba sus exabruptos sin prueba alguna bajo la premisa del difama que algo queda.
Ante semejante panorama poco podíamos hacer. Mediáticamente la batalla estaba perdida, los escándalos venden más periódicos desgraciadamente, amén de otros intereses que no quiero sacar a relucir en este momento. Las consecuencias eran evidentes. El descrédito personal del líder de Gial era más que palpable para muchos almerienses que dieron crédito a las mentiras del PSOE e IU, que hicieron de Juan Megino el centro de sus dardos envenenados con el único objetivo de ganar puestos en la carrera electoral. Sufrido el varapalo de un juez que quizás leía demasiado la prensa y pasadas ya las elecciones municipales, el único recurso era el de la espera, para que el tiempo y el TSJA colocará a cada uno en su sitio.
Ahora, transcurridos cuatro años desde que se iniciara la andadura de la Ciudad Digital, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha venido a dar la razón al equipo de gobierno municipal, a Juan Megino y a Gial, echando por tierra todas las maledicencias vertidas por PSOE e IU. Ahora, ¿qué?
Frente a las centenares de informaciones que he podido recopilar con infamias, mentiras, injurias y calumnias me encuentro con la desfachatez de quienes no saben rectificar y pese al revés jurídico sufrido se erigen en únicos defensores del interés público. Pero ellos no son los únicos. Tres páginas se llegaron a dedicar en algunos medios a la sentencia en contra del juez Rivera, otras muchas en algún otro dentro de la campaña de desprestigio organizada contra Gial, sin olvidar los comentarios hirientes que algunos compañeros dejaban caer en sus crónicas. Ahora, cuando no somos los culpables, cuando se ha demostrado nuestra inocencia, hecho de menos el mismo despliegue mediático, los mismos titulares escandalosos para pedir responsabilidades a quienes los auspiciaron entonces, o algún que otro editorial, como el que he leído hoy, en el que se nos reconozca el papel de víctimas que hemos padecido en este asunto.
Dicho todo esto, ahora es cuando viene la moralina, más como desahogo que otra cosa. En política no vale todo. La discrepancia enriquece, pero la infamia destruye y demuestra lo despreciables que llegan a ser algunos políticos por volver a la poltrona. En otro artículo espero detallar las bondades de la Ciudad Digital, de la que poco o nada he podido decir, desgraciadamente.
