jueves. 04.06.2026

El olvido

Miguel Martín, periodista. teleprensa.es

Es tan fácil olvidar... Incluso se podría llegar a decir que he olvidado más cosas de las que jamás he aprendido - si tan contrasentido puede mantenerse aunque sea por un breve momento -. Pero a fin de cuentas, aunque la irreparable pérdida de conocimientos sea triste, decepcionante, peor es aquello que, sin llegar a borrarse de tu memoria, no llega a tu mente con la suficiente frecuencia o, peor, con la fuerza necesaria para impulsarte a moverte en esa dirección.

Y no hablo de bienes materiales o inmateriales, sino de aquello que es una mezcla de los dos, sin llegar a ser nunca tuyo, porque tú eres poseído de igual manera, al menos si todo es como debiera. Me refiero, a la amistad. Especialmente, pero también a aquellas otras formas de relación de menor intensidad, pero a veces igual de satisfactorias.

No hay nada peor que la pérdida de contacto entre tú y un ser al que habías estimado. Me acuerdo de un amigo mío - sí, otro amigo - que al pie del andén de la estación de trenes de San Bernardo, Sevilla, me dijo “hazte a la idea de que lo hemos perdido”. Expliquemos esto. El que dijo tal frase, era compañero mío en el colegio mayor donde residía. El que estaba en el tren, era otro compañero, que pasó a ser amigo en un breve tiempo, de una forma de esas que, inevitablemente, recuerdas toda tu vida - o no, y a ello voy -.

Por circunstancias de una cruel e injusta vida, tuvo que dejar el colegio mayor antes de tiempo, sin acabar siquiera los estudios que había comenzado, realmente por cosas, a priori sin importancia, pero que otros no vieron así. Pero ese no es el tema. Volvamos al andén. Mi amigo insistía en que por muy profunda que sea una amistad, la distancia, el tiempo, hacen que olvides de esa persona. De una forma muy curiosa, he de decir, porque, por supuesto, te acuerdas de él, pero no de llamarlo, no de escribirle... Así hasta que, en la práctica, es como si nunca hubiese existido.

Cierto es que hay gente más activa para mantener vivo el contacto. Pero, reconozcan los que lean esto, que más de una vez habrán pensado aquello de “tengo que llamar a Fulanito”. Sobra decir que en la mayor parte de las ocasiones, “Fulanito”, nunca recibirá una llamada.

Y si esto es así con los que has considerado tus amigos, con aquellos que tuvieron una relación únicamente de compañerismo, con los que a lo mejor lo pasaste bien, o más aún, con estos, es peor. A veces ni recuerdas su nombre. A veces, ni recuerdas que existieron.

Vuelvo a repetir, esto no será así para todos, aquellos de prodigiosa memoria, o de especial interés, podrán recitar quien, cuando, como, porqué, donde... Mi amigo Luis es uno de esos privilegiados, es capaz de recordar el nombre y habitación de aquellos que compartieron nuestras vidas durante tres años. Y no fueron siempre los mismos los que ocuparon las cien habitaciones de mi colegio.

La verdad, es que , casos como el suyo, no se suelen dar. Y a veces te encuentras frente a una fotografía, realizada años atrás, y miras las caras de todos, algunos te suenan, otros los conoces de inmediato, pero ¿y aquellos que no reconocemos? Peor ¿y aquellos a los que un grupo de gente no recuerda?

Eso último me ha pasado, y es de una impotencia atroz, porque han sido parte de tu historia, de ti, aunque sólo hayan hablado medio segundo en su vida - y esto no es así -, hay gente a la que nadie recuerda, y, si se esfuerzan en hacerlo, como máximo, les viene a la mente una imagen borrosa de alguien que ocupó un espacio, pero poco más.

¿A eso está condenado el hombre? ¿A perder todo tipo de identidad, perdiendo previamente la de los otros? Y es que, si uno se para a pensar un momento, si todos los que te conocieron, pierden los nexos que tenían contigo ¿qué te queda? ¿Sigues existiendo realmente?

Tal vez por eso, tantos celebres personajes de la historia parecieron luchar sin fin para no ser devorados por una espiral de silencio, que los llevase a una condena peor que el infierno: el vacío, la inexistencia...

El olvido.

El olvido
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