jueves. 04.06.2026

Gente corriente

Juan Carlos Usero, presidente de la Diputación de Almería

Creo que no desvelo ningún secreto a nadie si digo que el concepto que hoy tenemos de familia es muy reciente. A lo largo de la historia, la unión entre dos personas y el cuidado de los hijos y los mayores se ha visto sometido a diversos condicionantes, principalmente ligados a la economía y a la esperanza de vida. La familia, tal y como hoy la entendemos –papá, mamá y los niños- es el reflejo de la sociedad de mediados del siglo XX, cuando se produjo un enorme incremento de la riqueza en los países occidentales y se sucedieron los mayores avances en el ámbito de la medicina.

Sin ir mucho más atrás, en el siglo XIX, al igual que sucede ahora en los países del tercer mundo, la expresión de “amor eterno” era más allá de un deseo, una realidad, pues lo cierto es que las mujeres morían al dar a luz en alguno de sus múltiples partos, y que un matrimonio apenas superaba los diez años de duración. No olvidemos que la esperanza de vida en Europa rondaba los 35 años. En ese contexto los matrimonios se sucedían y bajo el mismo techo convivían hermanos de distintas madres, una realidad bastante alejada de la imagen idílica que posteriormente se trató de trasladar.

Pero es que incluso, entre los ciudadanos de hoy en día la familia carece un esquema férreo, pues los abuelos y abuelas que gozan de una jubilación activa, forman parte del núcleo familiar y constituyen un elemento básico en el cuidado de los hijos, permitiendo, como si de una segunda paternidad y maternidad se tratara, que las mujeres hayan podido incorporarse al mercado laboral y promocionarse profesionalmente al lado de los hombres, donde siempre debieron estar.

Estamos asistiendo a una auténtica revolución social que gravita sobre la base de un nuevo tipo de familia, más solidaria, más generosa, más pegada a la realidad, donde las tareas domésticas se comparten, donde las uniones entre personas del mismo sexo disponen de la misma legitimidad y reconocimiento social que las que se producen entre hombres y mujeres, donde los hijos ya no son necesariamente biológicos, donde la responsabilidad económica recae en ambos cónyuges por igual, donde las personas se unen o se separan sin otro condicionante que el del amor, y todo ello con unas dosis de respeto y cariño entre todos sus miembros nunca vistas en la historia de la humanidad.

La sociedad demanda a los poderes públicos una normativa legal y un soporte asistencial alejado de esa "familia tradicional" que, si en algún momento existió, desde luego fue en un contexto histórico bien distinto. De esa necesidad surgen iniciativas como la Ley de Igualdad, el abono de 2.500 euros por el nacimiento de un hijo, la subida de las pensiones, la Ley de Dependencia -verdadera revolución de nuestro tiempo, lo mismo que ocurrió en su momento cuando se implantó el sistema de pensiones o el derecho a una sanidad y educación públicas y gratuitas-, la flexibilización de los procesos de divorcio, la puesta en marcha de medidas especiales para las familias numerosas -cuyo concepto legal se amplia hasta aquellas que acogen a los abuelos- o las ayudas para el acceso a la vivienda y para que los jóvenes puedan emanciparse y crear sus propias familias.

Hay muchos que piensan que la política nada tiene que ver con los asuntos personales de cada individuo, pero la realidad es que nada contribuye de forma más certera a mejorar el día a día de los hombres y mujeres de este país que las ideas, transformadas en leyes, decretos, normativas y ordenanzas de políticos que ponen en su trabajo el corazón y que comparten los mismos problemas e inquietudes que la mal llamada gente corriente

Gente corriente
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad