jueves. 04.06.2026

La Torre de Babel

Concha Casas Escritora

Después del diluvio universal, la humanidad se dio cuenta de que estaba en mano de Dios, o mejor dicho de la ira de Dios. De manera que Nemrod, el primer rey que ciñó la corona tras el desastre, decidió crear una torre tan alta que llegase al cielo y puso a sus súbditos manos a la obra bautizando tan ambicioso proyecto con el nombre de Bab-el, es decir, puerta de Dios.

Yahvé, atento siempre a las maniobras de los hombres, comprendió que ante la adversidad se habían unido y convertido en un solo pueblo, con una sola lengua, lo que les daba un poder casi infinito. De manera que tomó una drástica decisión y confundió sus lenguas. Convirtiendo así a Babel en el símbolo de la confusión que invade al ser humano cuando no puede relacionarse con sus semejantes.

Desde entonces hasta ahora, la humanidad no ha dejado de buscar alternativas a su incomunicación ancestral, inventando para ello incluso lenguas nuevas, como el esperanto, que no lograron liberarla de aquella antigua maldición.

Y hete aquí que en plena sociedad global en supuesta crisis de valores, sobre todo religiosos, al menos de las religiones establecidas, aparece Benedicto XVI y decide incomunicar aún más a sus posibles adeptos (cada vez menos)resucitando una lengua muerta como es el latín, para utilizarla en el que es su rito por excelencia: la misa.

El fin de semana pasado se puso en vigor dicha medida para alborozo de los más ortodoxos y desesperación de los que intentan cerrar el abismo cada vez mayor que existe entre la Iglesia oficial y la sociedad en general. ¿A dónde se pretende llegar con esta involución? No lo se pero está claro que posturas cada vez más cercanas al concilio Vaticano Iº (¿o más bien al de Trento?) no consiguen una unidad entre los fieles, más bien al contrario contribuye aún más a las crisis de fe tan habituales entre la otrora fidelísima ecclesia.

Se le supone al sumo Pontífice la tutela de la Unidad de la Iglesia, pero con medidas de este tipo solo colabora a dividirla aún más. O al menos a apartarla años luz de la sociedad en la que supuestamente está inmersa.

A finales de su pontificado, Juan Pablo II hablaba de la apostasía silenciosa de Europa, no se si se han parado a analizar las causas de ella, pero es evidente que con medidas como esta última de desempolvar el latín para la homilía, no van a captar muchos adeptos.

Una nueva Babel ha nacido, de nuevo se confunden las lenguas y la incomunicación tan característica de nuestros días encuentra su sitio en el único lugar donde quizás nunca debió hacerlo.

La Torre de Babel
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