La utopía de la objetividad periodística

La utopía de la objetividad periodística

Luis F. López Silva

Pensar en utopías ha sido desde la edad clásica una costumbre cultural arraigada a la evolución de la humanidad que incluso en nuestros días goza de buen predicamento. Ya Platón en su República o Estado perfecto abogó por la utopía como forma de mejorar la sociedad. Y es que desde el comienzo de la historia hasta nuestros días ha habido pensadores que diseñaron sistemas alternativos ideales y construyeron utopías en torno a una sociedad mejor. Llevadas a cabo por portavoces de ideologías muy diversas, casi todas las propuestas utópicas han tenido temáticas comunes: el retorno a sociedades idílicas prehistóricas, la desaparición de la propiedad privada y el deseo de una sociedad donde todas las cosas fuesen comunes, el capitalismo perfecto del laissez faire donde la oferta y demanda crean el punto de equilibrio, los proyectos nazis de la raza y el espacio vital, etc. Por tanto, varios han sido los amagos de construir comunidades al margen de la realidad. Sueños que al materializarse resultaron ser espantosas pesadillas. De aquí, que la palabra utopía, que significa ‘lugar que no existe’ contenga en sí misma la imposibilidad de realizar aquello que pregona y ha sido la Historia la encargada de corroborar esta imposibilidad.

No ajeno a estos hechos, el periodismo desde su nacimiento siempre ha estado incrustado en los avatares sociales, y en no pocas ocasiones se ha posicionado con fervor a la causa de las utopías, lo que ratifica que no siempre esta profesión ha sido fiel al principio de objetividad que requiere. Una profesión que a lo largo de su historia ha ido oscilando entre la utopía y la realidad de esa ansiada neutralidad. Puesto que todo análisis del contexto periodístico concluye que la objetividad periodística es una pretensión tan desmedida como la de querer bañarse en las mismas aguas de un río, que en un instante son y en el siguiente dejan de ser. Un complejo mundo lleno de espejismos fugaces que se desvanecen con la mirada que cada interlocutor da a los hechos. Sin embargo, esa objetividad es la garantía que el lector busca para poder creer. Y he aquí la paradoja con la que el profesional de la noticia ha de lidiar, un profesional que por otro lado, se encuentra afectado por su entorno: educación familiar y académica, vivencias personales y laborales, lecturas acumuladas, ideología, nivel económico, presiones explícitas e implícitas de sus empleadores y un largo etcétera. No obstante, y a pesar de todas estas afectaciones, el profesional comprometido con su quehacer tiene que perseguir la objetividad y tener como ideal un modelo periodístico que se ajuste a la composición de la noticia en base  a los hechos y con unas fuentes bien contrastadas con las que poder hacer una interpretación periodística lo más ajustada a la verdad.

Pero parece, que en estos últimos tiempos con la llegada del entorno digital y la crisis existencial que vive el periodismo desde hace años al derrumbarse su modelo de negocio, ese ideal se aleja a toda prisa de los cánones clásicos en los que se basó la edad dorada del periodismo.  Que por qué no decirlo, dio buenos resultados. Digo esto, porque hoy día es tal el desfase entre los hechos y lo que publican algunas cabeceras de la nueva ola tecnológica, que lo que realmente acontece es la deformación deliberada de la información o lo que en nuestros días de manera tontuna llamamos ‘posverdad’, término eufemístico para no decir mentira o manipulación a secas. 

Ante este cambio radical que sufre la profesión inducida por el entorno digital y las redes sociales, la objetividad tiene que ser el ideal periodístico por excelencia. Pero no caigamos en la ignorancia, intentar ser objetivo no significa que se carezca de principios, ni de ideología. Todo lo contrario, se tiene tanto respeto hacia lo que son los principios y las ideas que se desea que éstos sean lo más válidos posibles sin ningún tipo de manipulación. Digo esto, porque en un mundo conectado en red, el incesante y enorme volumen de información volcada crea desorientación en el público, por lo que ante ese gran volumen de noticias, el público necesita elementos de interpretación y de análisis para entender la actualidad. Por eso, hoy más que nunca, el periodismo de calidad y alejado de utopías, es crucial para desarrollar una inteligencia interpretativa, porque la opinión pública se forma a través de ese juego dinámico de interpretación y de análisis y no de una sobredosis de declaraciones y recuentos de lo ocurrido.

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