La sociedad del envoltorio

La sociedad del envoltorio

Luis F. López Silva

Hace unos días me topé en Internet con unas imágenes que me causaron angustia y desazón. Miles de toneladas de residuos plásticos  de toda Europa tienen como destino zonas pobres de China e India. Lugares subdesarrollados donde llegan estas ingentes cantidades de plástico para ser supuestamente tratados y reciclados. Digo supuestamente porque las condiciones industriales y laborales en las que se trata el material son ínfimas. No existen ni siquiera fábricas y el material es manipulado al aire libre por trabajadores que están en contacto directo con los residuos.  Vertederos que contaminan las zonas y crean grandes problemas de salud a la población. Un problema que las sociedades ricas exportamos a pueblos ya de por sí castigados por sus propios problemas de subdesarrollo.

Como digo, el origen del problema del plástico es generado en su mayor parte en los países occidentales, pues consumen casi la totalidad del plástico que se produce en el mundo. La imposición del plástico en todos los niveles de producción y distribución de la economía ha creado una sociedad plastificada que penetra hasta en los detalles más íntimos de la cotidianeidad de las personas. Es usado por todo tipo de industrias: alimentación, construcción, automóvil, textil… y hasta para satisfacer el deseo sexual. El plástico como material transversal de la vida se ha convertido en tótem supremo de la sociedad opulenta. Y ese consumo masivo y adictivo al final crea un problema medio ambiental de proporciones gigantescas en la tierra y en los océanos que perjudica a todo el planeta.

En todo esto, la industria alimentaria es un caso paradigmático de la cuestión, pues ha sido capaz de revolucionar la forma de alimentarnos con sus envases y nuevas técnicas de producción y elaboración de comidas en torno al plástico. Sin embargo, esta revolución ha laminado toda una cultura en la que la calidad y una forma de producción y distribución más artesana y sostenible eran prestigiadas por todos. Ahora eso importa poco o hay que pagarlo a precios para muchos inasumible. La tendencia low cost se ha extendido por todo el orbe, calando también en la industria alimentaria con productos mediocres y superprocesados, pero introducidos en espléndidos envoltorios de material plástico. No es insensato vaticinar que con la actual corriente gastronómica de lucir forma en detrimento del fondo esta industria terminará algún día por envolvernos muy asépticamente algún detritus condimentado en un packaging muy chic y lo comeremos apasionadamente como tendencia culinaria vanguardista.

Las nuevas tecnologías, como en otros ámbitos, han hecho del grafismo y el marketing un negocio próspero que ha perfeccionado los envoltorios con los que la sociedad de consumo nos vende unas necesidades y productos que en realidad no tenemos ni necesitamos. Lo primordial de este trabajo es generar emoción, deseo, atracción, persuasión y sugestión para modificar la conducta del consumidor y enterrar todo atisbo de capacidad crítica en relación al consumo responsable. Tanto es esto así, que el uso masivo de plástico en la actualidad tiene una lectura psico-social muy interesante. Porque una sociedad que ha escogido por marchamo ‘el envoltorio es el mensaje’ o este otro del ‘envoltorio es el regalo’, es una sociedad que da mucha más importancia al continente que al contenido, a la cáscara que al fruto interior. Por tanto, es una sociedad que ha optado por la pose, la fachada y la apariencia estética para satisfacer el artificio de sus actitudes ante los demás. Con lo cual, estas conductas son un fiel reflejo de una sociedad vacía e incapaz de sustraer y valorar lo esencial de las cosas y las personas. Porque cuando lo importante es el envoltorio más que el producto en sí, estamos desvalorando la autenticidad de algo o alguien. O peor aún es, cuando ni siquiera nos molestamos en comprobar ese valor. Simplemente, la sociedad actúa mediante un conductismo compulsivo y primitivo de estímulo-respuesta que asfixia la capacidad de análisis. Y sin darnos cuenta, estamos tomando decisiones que tienen consecuencias no deseadas que terminan afectando a uno mismo, a los demás y al entorno.

De hecho, existen estudios que indican que el tipo de comida que consume una sociedad revela hábitos, actitudes e incluso formas de pensar. E inmersos como estamos en la era de la comida basura y otros fenómenos como la gastro-moda estético-nihilista para pijos de ciudad, el escaparate socio-alimentario es bastante angustioso.

Al final da la sensación de que esta sociedad del envoltorio y la cosmética solo pretende tapar su mezquindad y su mediocridad  con diferentes y rimbombantes capas de embalaje, como si hullera de aquello que hace valioso a cada persona que conocemos o a cada producto que consumimos.

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