La batalla está en los valores

La batalla está en los valores

Luis F. López Silva

La polémica sentencia sobre el caso de abusos sexuales de ‘La manada’ a una estudiante de Madrid en los San Fermines de 2016 ha, supuestamente, indignado a gran parte de la sociedad española. Las manifestaciones en contra de la sentencia han sido multitudinarias y han copado las plazas de las grandes ciudades. Los hechos probados son monstruosos y la sentencia así lo confirma, pero  a la vez, es una condena que no ha sido capaz de dictaminar claramente entre la delgada línea que supone el abuso sexual con o sin intimidación, pues nuestro código penal en este caso es bastante laxo a la hora de tipificar este delito y da lugar a interpretaciones, tal y como ocurre en la sentencia. Que el veredicto sea errado o no, es una cuestión que los mismos tribunales superiores de apelación tendrán la labor de corregir, pues ambas partes recurrirán el dictamen. Lo bochornoso, en este caso, y en otros muchos, es que colectivos, asociaciones y ciudadanos particulares se autoerijan en jueces y tribunales. Pues me parece inverosímil, que ciudadanos y asociaciones civiles, sin tener acceso a la ristra de elementos probatorios del caso, como sí ha tenido el jurado, tengan la capacidad judicial como para ir a troche y moche despreciando tribunales lícitos, o explícitamente, dictando sentencias  aparentemente propias, pues las más de las veces, son opiniones ya tergiversadas y sesgadas por los medios de comunicación y redes sociales.

Pero, dejando al margen el escrito condenatorio del jurado, que ya será depurado por las instancias judiciales superiores, mi deseo es averiguar los motivos subyacentes a este tipo de altercados sexuales en la sociedad. Desde mi criterio, la clave para que este tipo de abusos sexuales se puedan reducir a su mínima expresión en la sociedad, no se halla en los tribunales, pues al final, una sentencia judicial y sus consecuencias penales son un corrector disuasorio efímero en nuestras sociedades hedonistas y de la prisa. La batalla para ganar la partida a esta depravación de los instintos sexuales se halla en los valores que la sociedad irradia en materia sexual a los jóvenes y adultos desde la cotidianeidad. Es ahí, en la vida cotidiana, donde nos embrutecemos o nos civilizamos: la familia, la escuela, la política, la economía, el trabajo, la tecnología, los medios de comunicación, los amigos… Es en el entramado axiológico de todos estos elementos sociales donde reside el verdadero mecanismo para cambiar unas conductas sociales en las que el sexo es un material más de consumo. Usar y tirar. Esa es la consigna de nuestro tiempo. Y mientras esto no cambie, la batalla está perdida y la justicia solo servirá de calmante.

Vivimos en una sociedad hipersexualizada: cualquier reclamo publicitario acciona el anzuelo del sexo y el erotismo, el acceso libre a la pornografía vía internet alcanza todas la edades, la juventud imita y fija sus conductas a menudo en la grosería y el descare sexual de ciertos personajes de dudosa fama de la parrilla televisiva, amén del tropel de programas televisivos dedicados a extraer lo peor de los instintos tribales y sexuales para satisfacer el morbo de unos televidentes anestesiados por la telerrealidad más infame.

Esta es una guerra de valores que se ha de librar en todos los frentes. Pero para ello, la intensa indignación de las gentes no ha de quedar solo para cuando se producen este tipo de actos repulsivos o se dictaminan sentencias que no gustan a una mayoría.  La indignación ha de ser cotidiana e insistente ante la deformación de los valores sexuales y cívicos que multitud de programas televisivos emiten sin freno alguno. Porque si estos falsos valores siguen horadando la moralidad colectiva habrá poco que hacer. Programas donde se cosifica a la mujer, donde lo soez tiene premio, donde el respeto entre personas es un defecto, donde se confunde liberación de la mujer con el derecho a aparearse con todo ‘quisqui’, shows donde los ‘derechos de bragueta’ se superponen y defienden con más ímpetu que otros derechos fundamentales de vital importancia, son programas denigrantes que relativizan la responsabilidad sexual. Ante estos hechos, origen en muchos casos de las tropelías y desmedidos sexuales que se cometen con o sin consentimiento, no se ha llenado, que se sepa, ninguna plaza de ciudadanos con pancartas. Al contrario, los sofás de las casas se llenan de rechonchos culos,  ávidos todos de consumir la porquería que deslizan programas como ‘Sálvame’, ‘Supervivientes’, ‘Gran Hermano’, ‘Hombres, mujeres y viceversa’, First dates’, ‘Granjero busca esposa’, Gipsy Kings’, ‘Ven a cenar conmigo’ y un largo etcétera. Y mientras, la ley no tiene nada que objetar al respecto, pues los políticos hacen la vista gorda ante los poderes mediáticos. Una simbiosis muy beneficiosa para ambos.

Lo más seguro es que todo siga igual. El sexo  banalizándose y la sociedad cretinizándose lentamente. En poco tiempo, el olvido sepultará el caso de ‘La manada’ hasta que se cometa otra atrocidad parecida. Y entonces, todos volveremos a despertar del sopor anestesiante de la pantalla. Maldita e hipócrita sociedad.

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