El malestar juvenil

El malestar juvenil

Luis F. López Silva

Existe un continuo debate sobre la juventud y sus problemas debido a la difícil situación en la que se encuentra una gran mayoría de ellos en la era de la globalización y la tecnología. De hecho, la globalización y la tecnología quebraron a partir de los años 90 del pasado siglo las estructuras de antaño. Ya no se puede contar con las certezas que conformaban la estructura social y económica de entonces. A partir de este hito, los problemas de los jóvenes para adaptarse a un mundo de sacudidas sociales permanentes han ido agudizándose hasta llegar al punto en el que muchos sienten la tentación de quedarse al margen y no participar de la sociedad a la que de forma natural deberían ingresar. Enfrentados como están, sin remedio alguno, al desconcierto social, al desarraigo, a la falta de empleo y la precariedad, a la desigualdad creciente, a una educación sin valores, a una política de pillos y un sinfín de obstáculos, muchos optan por el camino fácil del resentimiento y la degradación social. Mientras unos se refugian en un mundo de juegos online, vidas virtuales, alcohol, drogas, depresión, otros adoptan conductas violentas y se unen a bandas de pillaje, prostitución, narcotráfico, etc. Lo peor de la cuestión es que este tipo de actitudes en los jóvenes se está imponiendo, creando hábitos y una subcultura estable que es guía de conductas para miles de ellos.

Ante este escenario en el que un porcentaje no desdeñable de nuestra juventud claudica a ser ciudadano para convertirse en un ‘outsider social’, es esencial hacerse la pregunta pertinente. ¿Por qué? Pues bien, ciertos estudios apuntan a que gran parte de esta problemática se puede analizar apuntando a dos fenómenos actuales altamente imbricados: consumo desaforado y desigualdad extrema. Empecemos por el primer término. La educación social hoy día gira en torno al consumo, y como último fin, la educación formal, desde la primaria a la universidad y la formación postuniversitaria, tiene como meta formar potentes consumidores y creadores de riqueza, y para ello, la obtención de grandes rentas salariales es primordial para ser un acomodado consumidor. Los sistemas educativos  educan casi exclusivamente para que el motor del mercado no se gripe. Compro, luego soy, ese sería el lema. El segundo término hace referencia a la acumulación de riquezas en unas pocas manos. Este acaparamiento de capitales en unas decenas de corporaciones y paraísos fiscales (estos atesoran unos 8 billones de dólares), está llevando a una gran parte de la población mundial a unos umbrales de pobreza, en los cuales, la generación de oportunidades de educación y empleo es muy limitada. Con esos niveles tan mínimos de educación e ingresos es imposible que miles de familias puedan salir del círculo de la pobreza y la depravación social y cultural. Y a quien más afecta estos hechos es a la franja de población en edades menores.

En este juego global  de consumo y desigualdad auspiciado por las instituciones públicas y privadas que gobiernan la geoeconomía, no se acierta a atisbar del todo, que se está implementando un malestar creciente en las nuevas generaciones no solo de países pobres, sino también de los del mundo opulento. Pues por un lado, desde bebés, son seducidos persistentemente con una vida en la que todos sus problemas y deseos se satisfarán por medio del consumo, mientras que por el otro, a todos aquellos que no son capaces de entrar en el engranaje del sistema, se les deniega el acceso a ese despliegue descomunal de riquezas que muestra la publicidad. Y esta contradicción de la economía capitalista genera frustraciones y resentimientos en la psicología de muchos jóvenes, que al final determinan  desconfiar del sistema y desligarse por completo de las reglas sociales tradicionales. Tanto es así, que la actual fase de la economía en los países desarrollados está creando lo que S. Bauman llamó ‘consumidores frustrados’, una turba de jóvenes empobrecidos sin formación y empleo que aspiran a conseguir, mediante la violencia y la desobediencia a cualquier tipo de normas, adaptarse al frenético mundo del consumo, ya que los salvoconductos oficiales del mercado les veta cualquier participación en esas ‘catedrales del consumo y el ocio’ en que se han convertido las ciudades en sí mismas (turismo masificado).

Es preciso que la sociedad civil reaccione ante este drama y demande a los poderes públicos la arquitectura de una sociedad más inclusiva que no deje a tantos jóvenes en la cuneta. Porque además, la economía occidental necesita hoy día jóvenes que la sigan impulsando. Pero no solo es preciso reaccionar por el bien de la economía, sino sobre todo para que miles de jóvenes puedan vivir una vida plena, en la que puedan emanciparse, tener un empleo digno y formar una familia si así lo desean. Seguir así, es mutilar de por vida a una parte de la sociedad.

Comentarios Disqus