Los fracasos de España y la necesidad de una ruptura política

Martes, 20 de Noviembre de 2018

Los fracasos de España y la necesidad de una ruptura política

30 de Septiembre de 2016 20:34h

Luis F. López Silva
Luis F. López Silva

Preguntarnos por los fracasos de España es preguntarse por los fracasos de los españoles y preguntarnos por los fracasos de los españoles es preguntarnos por los fracasos de las instituciones que nos han regido a lo largo de la Historia. Eso sí,  unas veces determinadas por las tragedias que recorren todo el paisaje histórico de una nación y otras por la equivocación política  de aquellos en quiénes delegamos nuestra pequeña parcela de poder político. El siglo XX para España comenzó lleno de zozobras y contestaciones socio-políticas dentro de una sociedad caduca y conservadora, lo que desembocó en una Guerra Civil que truncó la prosperidad y la paz, pero que además, estructuró mediante la dictadura una paz obligada de vencedores sobre vencidos. Tras cuarenta años de dictadura y sus terribles secuelas, la agonía de la misma desembocó en la mitificada Transición, que acordó desde las mismas tripas del régimen, y en persona del Rey Juan Carlos coronado por Franco, acordar unas leyes de aperturas políticas y derechos sociales que reconocieran igualdades y oportunidades para todos.  Pero jamás esa Transición procuró una cultura política que empapara transversalmente a la sociedad para proponerle nuevas y genuinas mejoras políticas basadas en más participación y libertad. Todo se cerró en los búnkeres de los partidos y se desalentó a que la sociedad civil participara, promoviera y se responsabilizara de su cometido político. No obstante, negar que España avanzó durante estos años es faltar a la verdad. Y que aquella estructura institucional que se ideó ad hoc ayudó a superar esa etapa, es también evidente. Pero las instituciones que se adoptaron en aquella coyuntura política son ahora mismo, y desde hace más de una década, el mayor lastre que arrastra el país. Porque la resolución de los problemas políticos básicos de una nación, es decir, el diseño y actualización de sus instituciones políticas y económicas es condición sine que non para su buen funcionamiento a lo largo del tiempo.

En la actualidad, las enormes tribulaciones por las que pasa la nación española en su mayoría han sido generadas  e incubadas internamente a fuego lento, en cuanto que son esas mismas instituciones las que han generado esa problemática: corrupción sistémica, desigualdad, crisis política, oligarquía partidista, economía débil, poco productiva y poco redistributiva... Y encima, para más inri, arribó la crisis, que no ha hecho si no desnudar el cuerpo del enfermo, hacerlo visible. Un ejemplo paradigmático de esta disfuncionalidad institucional la tenemos en la incapacidad de los partidos de formar un gobierno estable y todas las secuelas que conlleva tener un gobierno en funciones.  Desde que explotó la crisis el enfermo sigue desnudo y sin tratar.  Sin embargo, los partidos que han tenido responsabilidades de gobierno durante esta época de vacas flacas nos han machacado el oído con una pléyade de reformas de las cuales dos tercios no se han implementado y el tercio restante que se ha regulado mal funcionan y no arreglan los problemas desde su raíz.

Por eso, las instituciones políticas de una sociedad son un elemento determinante para los buenos resultados, y debe de haber unas reglas claras que estipulen la participación, la representación, cómo se elige al gobierno y qué parte de éste tiene derecho a hacer qué. Aquí en España existen esas reglas, sí, pero son unas reglas inadecuadas, obsoletas y reaccionarias que no hacen sino proteger los privilegios simbióticos entrecruzados de las élites políticas y económicas, convirtiendo todo el andamiaje institucional en una maquinaria extractiva que ensancha las desigualdades y crea barreras a la libertad en todos sus ámbitos. El único objetivo de este segmento de la pirámide es obtener rentas y mantenerse en el poder mediante la parasitación estatal u otras vías legales e ilegales.

La gravitación, la inercia de los partidos españoles se ha demostrado que no es otra que la de proteger sus intereses de poder en el Estado, puesto que han copado el Estado y sus instituciones. Han reducido a su mínima expresión la esencial separación de poderes, pues legislativo y ejecutivo son el mismo aparato y la justicia y sus órganos principales como el Supremo y el Constitucional dependen de la voluntad partidista. Ante este estado de cosas es imperativo aleccionar una ruptura política que conlleve una reflexión nacional sobre qué futuro deseamos y con qué fundaciones deseamos recorrer ese camino con el fin de  fraguar una renovada estructura institucional que elimine los vicios de la actual y ponga los mimbres de una nueva cesta en la que  las entidades públicas sean inclusivas e incentiven la prosperidad material y moral.

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