El toro y su fiesta

Lunes, 17 de Diciembre de 2018

El toro y su fiesta

02 de Noviembre de 2017 12:26h

Luis F. López Silva
Luis F. López Silva

La eterna y enconada polémica sobre los toros en España sigue dando titulares cada semana, sobre todo ahora que las redes sociales sirven de altavoz a los más montaraces de las dos posiciones. Los antitaurinos esgrimen que las corridas de toros son una tradición bárbara, sangrienta y cruel que debe ser abolida, mientras que los taurinos argumentan que la fiesta de los toros es una tradición con unos valores morales, estéticos y populares, y que por tanto, no debe ser abolida, pues forma parte de la identidad cultural de España. Con dos posturas así de antagónicas es imposible establecer un punto de consideración en el que las posturas al menos se respeten y no entren en un conflicto sin resolución. La verdad, o al menos eso creo yo, es que entre unos y otros se encuentran espacios intermedios y dudas que creo son los cauces más razonables por los que tiene que discurrir esta discusión.

Empecemos por el principio. La tauromaquia en España tiene una tradición secular indiscutible desde finales del siglo XVIII, un arraigo cultural y estético que sienten millones de aficionados. Su origen comienza en la tradición festiva grecolatina y ciertos ritos de paso de la niñez a la adultez. Pero también en la ancestral pulsión humana de dominar la Naturaleza y sentir el favor de la divinidad. Porque como todos sabemos, la evolución humana va ligada a ese grado de dominación de los recursos que brinda la madre tierra. De hecho, la civilización comienza justo cuando ese grado de supremacía sobre el entorno natural es elevado y cada vez más especializado. Es en esta supuesta superioridad de lo humano donde la semilla de la fiesta de los toros comienza su nacencia ante la consciente incapacidad del hombre de dominar al toro, ese animal bravío que no se deja domesticar. Es este instinto de dominación lo que conduce a algunos valientes a desafiar a la bestia  intentándola torear con un trapo, y cuando esto sucede, algunos deciden crear una prototradición que encierra en una plaza a la bestia y al hombre con normas fijadas, en una evolución que llega hasta la moderna fiesta de los toros tal y como la conocemos hoy día.

La tauromaquia es en sí misma una alegoría convertida en fiesta que representa ese sentimiento de dominación del hombre sobre los demás seres vivos de la Tierra, un símbolo a esa pulsión de valor y conquista entre contrincantes tan disímiles, de ahí, que levante tantas pasiones y sentimientos encontrados. Siendo así, también hay que decir por justicia a la verdad que la tauromaquia contiene dosis de vanidad, violencia y crueldad, pero también de belleza, liturgia y sentimientos artísticos. Contiene lo bueno y lo malo, como todo en la vida. Por eso, es incomprensible que los antitaurinos defiendan posturas tan extemporáneas como la de la prohibición total de la fiesta de los toros. Es esa superioridad moral que se autoinfieren en detrimento de cualquier aficionado a los toros  la que los desarma, pues pretenden trasladar a la opinión pública el lema de que todo aquel que va a los toros es un sádico y un canalla que no se merece vivir, con lo cual, millones de españoles son sádicos conectados a pulsiones sangrientas primitivas. Algo imposible de asumir.  

La tesis de la prohibición del toreo que manejan los colectivos animalistas basa sus argumentos en que traslada a los jóvenes prácticas de ensañamiento, dolor y salvajismo, a la vez que niegan el respeto, la dignidad y el ¿derecho? de los animales. Al contrario, el mundo del toro dice que se generan valores como la verdad, el respeto, la ética, la seriedad, la belleza, el valor… Las dos posiciones son cuestionables. Pero el problema está en la prohibición, porque lo que no entienden los antitaurinos es que desde este tipo de razonamientos las prohibiciones sociales o culturales podrían llegar ‘ad infinitum’ con las consecuencias que eso tendría para la libertad y la democracia. ¿O creen acaso los animalistas que los valores que traslada la televisión basura o el mundo del fútbol son acaso buenos para los niños?, y sin embargo, nadie se ha lanzado a proclamar los cierres de estadios de fútbol o  las cadenas que emiten masivamente programas donde se denigra y despelleja a personas o convierten el sexo y el amor en mero tráfico de consumo.

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Ante estas controversias de difícil solución, siempre debe de primar la libertad, y que unos y otros hagan su labor a favor o en contra desde el máximo respeto a su oponente, sin prohibiciones, pero con argumentaciones. Entretanto, la fiesta de la lidia debe seguir teniendo un marco legal en el que tenga libertad suficiente para seguir su propia evolución, que dependerá de los actores que hoy la controlan. Porque la controversia de la lidia y la causa de su disminución de aficionados no se haya siempre en los que la critican desde afuera, sino en los que la controlan desde dentro. Pero ese es otro tema.

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