El bien y el mal en la educación

Martes, 20 de Noviembre de 2018

El bien y el mal en la educación

10 de Agosto de 2016 19:12h

Luis F. López Silva
Luis F. López Silva

En repetidas ocasiones he advertido un fenómeno del que muchos padres y educadores de hoy hacen cierto apologismo. Se trata de aislar a los amados retoños del mal que nos circunda por doquier, ya sea en la vida real, en la televisión, en internet, la literatura o interviniendo en el mismo contexto del niño para que el mal no lo somatice o pueda crearles secuelas psicológicas futuras. En resumen, consiste en recrear ficticiamente un entorno en el que el niño jamás sepa de las noticias y barbaridades del mal y de quien lo ejerce,  de introducirlo en una especie de burbuja idílica que supuestamente lo destinará al paraíso por sus contraídas virtudes mediante esta pedagogía anodina. De esta forma, piensan los padres que el futuro adulto será una persona amantísima y llena de bondades. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y enseñar al niño tanto en la familia como en la escuela a localizar el mal es una cuestión tan importante como enseñar a establecer el bien. En general, explicar a los más pequeños el mal y la injustica que existe en el mundo es una manera racional de que los niños establezcan la frontera entre el bien y el mal y desarrollen la moral. Y la moral es el mejor corta fuegos para detener la plaga de reyecitos y tiranos consentidos en que estamos convirtiendo a un número cada vez mayor de niños con estas premisas educativas.

Esta tendencia actual evidencia la confusión educativa en la que se hallan las familias. Además, vivimos una época de cierto relativismo moral, en el que la frontera entre el bien y el mal no está demasiado clara, en la que cada cual, se ve y se siente legitimado para enfocar su ética en función de su visión personal de la vida. Y esto es sin duda, una consecuencia de una educación y una sociedad en la que los límites entre lo bueno y lo malo se han difuminado ante unos valores más permisivos, una sociedad líquida y un mundo en el que el presente es sinónimo de incertidumbre permanente y de valores planos y móviles, muy lejos de las sociedades de antaño, en las que la certeza y las posiciones fijas eran las coordenadas que dirigían la vida de los mortales. Religión, literatura, política nacional, eran entonces los máximos vectores morales de la sociedad, en los que una mayoría de veces se imponían por la fuerza. Sin llegar a la coacción, por ejemplo, en los siglos pretéritos, la literatura infantil tuvo un papel importante a la hora de la comprensión y la absorción del mal, y se sabe que en la infancia los cuentos tienen un rol fundamental en la labor de moldear la visión personal de la realidad.  Muchos de ellos son duros y crueles, pero necesarios para crear los límites del bien y del mal dentro de nuestro conocimiento y hacernos reflexionar sobre nuestro mundo. El problema de hoy día es que estamos obsesionados con todo aquello que sea indoloro y perfecto, obcecados por conjurar el sufrimiento y establecer el utópico paraíso infantil. Lo cual, esa ficción obnubila la mente y difumina inadvertidamente las líneas de esta crucial separación. He aquí una de las causas de por qué las nuevas generaciones les cuesta ver con claridad suficiente los límites entre bondad y maldad en un mundo en permanente cambio.

Quizá no estemos verificando con claridad que mantener a los niños en esa urna de cristal en permanente conexión con el ‘mundo Disney’ es un error descomunal que incapacitará a los jóvenes para mirar con agudeza el mundo que les rodea y  ser capaces de analizar críticamente  los conflictos humanos que en la actualidad inundan el planeta. No nos puede dar miedo el explicarles la tragedia de la humanidad. Por eso es tan importante recuperar todas esas experiencias y conocimientos clásicos donde el mal, fruto de la cobardía y la ignorancia es castigado, y el bien, valiente y sincero, premiado. Hoy más que nunca se hace indispensable recuperar esa brújula que nos señalaba el ideal al que había que aspirar, con el fin de promover una voluntad férrea que constriña la  indiferencia generalizada de la sociedad hogaña.

Código Paston

En este mismo sentido, la civilización tiene capacidad para hacer el mal y sembrar de terror y miseria el orbe con su tecnología de guerra, pero también tiene el poder tecnológico y científico suficiente para lo contrario. Por tanto, el uso inteligente de esta tecnología depende en gran parte de que las generaciones venideras establezcan nítidamente en sus mentes una raya que delimite lo bueno de lo malo. En conclusión, la familia, la escuela y la sociedad en su conjunto deben caminar en este asunto vital, unidos, sin dejarse embaucar por modas pedagógicas carentes de la filosofía humana más elemental y que atrofian el desarrollo moral de los más pequeños. El bien y el mal son conceptos antagónicos, pero indisolubles, y como premisa previa, conocer el bien requiere conocer el mal y viceversa. Entender esto es primordial para que padres y educadores forjen con sus hijos un hilo comunicativo real que les explique desde temprana edad que el mundo no es de color rosa.

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