De una pedagogía dogmática a una pedagogía enigmática

Lunes, 21 de Octubre de 2019

De una pedagogía dogmática a una pedagogía enigmática

28 de Junio de 2017 19:40h

Luis F. López Silva
Luis F. López Silva

La característica que mejor define a este periodo de la actualidad es la anulación del pensamiento mediante dogmatismos de toda índole y la furibunda moda de lo políticamente correcto. Con estas alforjas, la cuestión de pensar, de formar criterio propio sobre los hechos, se hace cada día más difícil. Pero no porque una mayoría sea imbécil de cuna, sino porque las oligarquías políticas y del dinero hacen grandes esfuerzos para poner palos a las ruedas del pensamiento y la reflexión disidente, y consiguen con gran facilidad la inhabilitación del pensamiento propio. Para tal propósito que mejor que adoctrinar convenientemente al ser humano desde la niñez. Y que mejor herramienta que el Sistema Educativo para cumplir la función. Desde las guarderías hasta las universidades se adoctrina a los niños en las modas, los discursos políticos al uso, la tecnología, hábitos de vida, trabajo y un largo etcétera. Así, nuestros púberes verán con total normalidad todo lo que los poderes necesitan que crean para insertarlos en el engranaje del sistema. Y todo esto ayudado por la ‘opinión pública’ que no es más que la ‘opinión publicada’ en unos medios de comunicación cada día más dogmáticos, faltos de pluralidad y libertad para ejercer su profesión con criterios objetivos y fundamentados en los hechos, y no en la mera ideología u opinión. El dogmatismo  social se convierte así en un auténtico censor, pues toda persona adoctrinada se convierte asimismo en el mejor autocensor, es decir, nosotros mismos nos prohibimos pensar más allá de los relatos que el establishment hace circular por sus canales de difusión.

Lo interesante es el por qué. Por qué una gran mayoría acepta que le prohíban pensar o se lo prohíbe a sí misma. En un mundo saturado de tecnología, se comprueba a diario cómo todos saben cómo funciona su móvil, su i-phone, su ordenador, el mando a distancia de su televisor último modelo, la play station, etc. Es lógico que interese saber el funcionamiento de las máquinas, pero lo raro, es lo poco o nada que importa conocer el funcionamiento de la política, del origen real del dinero actual, de los intereses creados, de la manipulación masiva, de la importancia de  la historia o la filosofía, etcétera. Si a alguien le haces cavilar un poco, enseguida te dirá la manida frase: “Bueno, bueno, esto es así y ya está. No me hagas pensar ahora, que bastantes problemas tengo ya”. De lo que podemos deducir que el pensar es un problema. ¡Cuánto gandulismo mental! Da pereza pensar; es triste, pero es una realidad que ocurre a nivel global.

Si de verdad queremos revertir la situación necesitamos sustituir la pedagogía dogmática actual, que enraíza y erige el pensamiento vigente, por una pedagogía enigmática, en la que desde la infancia y todo el posterior periodo de formación de los jóvenes se les enseñe a tener criterio propio, a buscar la verdad por sí solos. Es necesario poner en marcha una didáctica que fomente el hábito de hacerse preguntas decisivas, de cuestionar todo, de enseñar la curiosidad y vencer al pensamiento borreguil. En fin, descifrar los miles de enigmas que ofrece el mundo y que nos ayudarán a ser más libres y crecer como humanos en una sociedad aturdida por las falsas panaceas del consumo, el dinero,  la fama fácil y verdulera, la digitalización de la vida y las modas fútiles.

Requerimos una educación y una escuela diferente porque los tiempos y circunstancias que nos ha tocado vivir son distintos. Necesitamos una pedagogía que contribuya a la comprensión y resolución de los problemas que nos aquejan, una pedagogía que incentive el diálogo, la discusión y la aportación de nuevas ideas para prepararnos para los ‘posibles mundos del futuro’. Básicamente, esta pedagogía ha de luchar por avivar el asombro y mantener el pasmo de las nuevas generaciones para hacer frente a los dogmas presentes y retos del futuro, pues será de las pocas medicinas capaces de sacar de la apatía, la frustración y el conformismo a una juventud desnortada e incapacitada para manejar sus riendas vitales. En fin, una escuela que fomente el talento de cada alumno se hace imprescindible, pero para ello se hace imperativo inculcar desde las aulas la intriga por el saber y la pasión por adentrarse en las veredas laberínticas y enigmáticas del conocimiento.

Comencemos la tarea, aunque sea ardua. La esperanza es el único motor del los humanos que nunca se gripa. Familias, comunidad educativa e instituciones sociales y políticas deben abordar este cambio educativo. Porque lo presente no ahogará en el fracaso permanente.

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