Bisbalillo
Eva Navarro
Casi sin darnos cuenta, ha llegado diciembre. Las calles ya huelen a castañas recién asadas, se adornan de luces de colores, se habla de regalos y comienzan las compras... muchas compras, eso sí.
Los niños, con los ojos abiertos como platos y los corazones acelerados, pegan sus naricillas en las lunas de los escaparates, tratando de cubrir los posibles huecos en las ya supercargadas listas de lo que van a pedir a los Reyes Magos o a Santa Claus.
Ayer, frente a un establecimiento especializado en animales oí como uno de esos niños informaba a su madre de que, junto al tren eléctrico, el balón, los videojuegos y todo lo demás, también quería un perrito. Entonces me acordé de la historia de “Bisbalillo”.
“Bisbalillo” es mi perro y el perro de todos los vecinos de la urbanización de Rincón de la Victoria, en Málaga, donde viven mis padres.
Cuando llegó, su pelo era una desagradable masa pastosa de color tierra, pero que cuando desaparecieron los muchos centímetros de mugre y barro que llevaba encima, resultó ser largo y rizado, de ahí su nombre.
Bisbi, seguramente, había llegado un día en la bolsa de Santa Claus o sobre el camello de alguno de los Reyes. Durante algún tiempo él y su pequeño amo, fueron amigos entrañables. Salían juntos a pasear por la playa y en casa compartían sus juegos, sus muñecos, y hasta la merienda.
Pero poco a poco los juguetes se quedaron sin pilas o se hicieron antiguos y acabaron olvidados en el trastero. Pero el perrito no tenía pilas que quitarle y siguió creciendo y creciendo, y haciendo caquita y pis a diario y pidiendo que lo sacaran a pasear. Y cuando los padres marchaban al trabajo y el niño al colegio, “Bisbalillo”, sólo en la casa, combatía el aburrimiento jugando con las zapatillas de papá o algún calcetín olvidado y al regreso todos se enfadaban mucho. Luego comenzaba el sorteo de a quién le tocaba sacar “al dichoso perro”, porque había que hacerlo, aunque estuviera lloviendo o hiciera frío. Y aquello que había sido un juguete solicitado y querido por todos comenzó a convertirse en algo incómodo y un mal día papá y mamá decidieron que ya no era una buena idea que Bisbi estuviera en casa y lo llevaron a una playa lejana y allí lo dejaron. Luego, volvieron a casa y, sin remordimiento alguno, siguieron su cómoda vida.
“Bisbalillo” deambuló por las calles buscando con ojos tristes a sus amigos queridos. Seguramente pensaba que era él quien se había perdido porque no podría imaginar la maldad de un abandono.
Entró en la urbanización en un estado lamentable, sucio, con heridas sangrantes en el lomo, quizás alguna pelea, y muerto de hambre y sed. Al primer ser vivo que encontró al llegar fue a “Blanquita”, una perra vieja, casi dieciséis años, y prácticamente ciega. Él se acercó a ella, se saludaron como se saludan los perros y seguramente se ofrecieron ayuda mutua. No hubo sexo, ella era demasiado mayor, pero sí una enorme amistad. Durante algún tiempo, Blanquita no duró mucho, era encantador verlos siempre juntos camino de ida y vuelta a la playa. Él le servía de guía y defensa; ella le ofreció la seguridad de su casa y de su familia.
La dueña de la perra también acogió a su nuevo amigo con cariño. Le abrió su casa, le alivió el hambre y la sed; lo escamondó y lo peinó sin que el animal protestara ni un momento y lo llevó al veterinario para que le curara las heridas. Le compró un precioso collar antipulgas y... “poco guapo” que iba nuestro “Bisbi”, el perrillo más “chulo” de toda la urbanización.
Poco tiempo después murió Blanquita, pero “Bisbalillo” continuó en la casa. Cuando pasea por la calle orgulloso y, por fin, feliz, a todos nos parece una imagen viva de libertad y de supervivencia.
Pero todos los perros abandonados no tienen la misma fortuna que nuestro “Bisbalillo”. La mayoría de ellos acaban siendo atropellados en la carretera o, aún peor, en las manos de uno de esos siniestros personajes organizadores de peleas de perros vagabundos.
Por esto yo quisiera hoy llamar la atención de aquellos padres que hayan decidido comprar un perrito para sus hijos en estas fiestas de Navidad.
Un perro, como un gato, o un conejo de Indias, o cualquier mascota, es un ser vivo al que hay que cuidar, alimentar y dedicar mucho tiempo. Si usted considera que puede hacerlo ahora y durante los posibles muchos años de la vida del animal ... ¡adelante! Un perro bien educado es el mejor amigo para un niño y para un hombre, cuando menos, el más leal.
Pero si usted piensa que ahora, o más adelante, no va a tener tiempo de atenderlo como corresponde... cómprele a su hijo un perro de pilas o de peluche y, por favor, acuérdese de “Bisbalillo”.