jueves. 04.06.2026

José García Sánchez

En las últimas semanas proliferan a troche y moche los ataques a la Monarquía y a la persona del propio Rey; una inusitada fiebre republicana y antimonárquica parece haberse apoderado de unos cuantos, a quienes algunos medios de comunicación convierten en unos muchos; ya no son únicamente los pirómanos catalanistas ni los pintorescos concejales y el alcalde de Humilladero los que enredan y enmarañan el panorama. El pueblo sevillano de Martín de la Jara se suma a la juerga republicana, aunque en esta ocasión sus concejales socialistas no han metido la gamba como sus conmilitones malagueños.

A las sandeces de los irredentos separatistas catalanes –ya me dirán a qué suena pedir que el Rey deje de ostentar la más alta representación de las Fuerzas Armadas o que los soldados no juren la Bandera- hay que unir la injuriosa portada de la revista satírica El Jueves, la publicación por la revista Expansión de los millones de euros de asignación anual al monarca, los lanzazos y puyazos que ese ilustre e ilustrado kamikaze reaccionario de Jiménez Losantos lanza desde su bunker episcopal y, para rematar la faena, esa demencial y torticera tertulia organizada por Telecinco, donde el más preclaro paladín de la Institución es el bastardo “tito Leandro”, más pariente de la idiocia que de la Familia Real; y qué decir de la resentida y cursi “mosca cojonera” de Peñafiel, por no hablar de ese rijoso, grotesco y atrabiliario personaje de Jimmy Jiménez Arnau o del más que desprestigiado –por su descarada y manifiesta parcialidad en su época de TVE- Urdaci.

La guinda del pastel la coloca el extraterrestre de Ibarreche –así, en castellano, que rima con leche- con su famosa, envenenada e inviable propuesta de referéndum. Este tío es único para joder a vascos y vascas, españoles y españolas, médicos y médicas, jueces y juezas, policías y “policíos”, periodistas y “periodistos”. Tonto, malo y analfabeto funcional, sólo haría buen papel en una película de ciencia ficción.

En fin, que estos y otros sucedidos han echado la bola a rodar, y cuando rueda la bola no siempre es fácil pararla.

Que un hombre como Santiago Carrillo haya de ser el que ponga una de las notas de sensatez tiene su cosa, no crean. En un programa nocturno de la televisión andaluza dejó claro que los ataques a la Corona poco tenían que ver con la auténtica izquierda, ya que era la diestra extrema quien más daño estaba haciendo, añadiendo que, por otra parte, España tiene suficientes problemas como para que ahora ataquemos a una Institución que ha traído a nuestro país el periodo más largo de bienestar y estabilidad democrática de toda su historia.

Y ahí, creo, está el quid de la cuestión: la política es la ciencia del pragmatismo, de lo que es posible y deseable en cada momento. Desde Aristóteles acá, la filosofía política va por un lado y la realidad por otro; confrontar la tesis propia con la praxis ajena establece una demencial e injusta forma de ejercer la crítica, y son muchos los que se apuntan a tirar la bola usando de tal artimaña.

Estoy seguro que más del setenta por ciento de los españoles son ajenos al debate república-monarquía; tienen claro que la forma de gobierno idónea es la que proporciona paz y estabilidad con democracia. Las convulsiones, guerras y dictaduras de los siglos XIX y XX nos han hecho aprender, interiorizar y hacer propia la siguiente frase de Alberto Moravia: “el ignorante tiene valor; el sabio miedo”. Un miedo saludable que nos evitará precipitarnos, como en tantas otras ocasiones hicimos, a imprudentes aventuras por mor de hipotéticas e ideales formas de gobierno.

También es seguro que ni el Rey ni sus familiares son perfectos y que pueden y deben ser objeto de crítica por sus actos reprochables o inadecuados; no en vano deben cargar con un plus de responsabilidad a cambio de sus prebendas o privilegios, pero sin mentir ni aspirar a que el Monarca asuma papeles que no le corresponden, como pretende el malicioso Jiménez Losantos. Este “genio” no parece recordar la nefasta experiencia de Alfonso XIII por sus veleidades intervencionistas en el ruedo político.

Es muy posible que en un plano teórico y puramente especulativo sea mejor una república que una monarquía; lo avala el argumento de que la jefatura máxima del país sería ejercida siempre por una persona ilustre que accedería al cargo por sus muchos méritos y no por un simple y obligado parentesco de sangre con el antecesor, por mucho abolengo que se quiera aducir. Eso dice la tesis, pero la realidad, la praxis, demuestra que las cosas no son tan sencillas: nuestras dos Repúblicas no fueron un dechado de virtudes, hasta el punto de que las famosas y mentadas democracias –gobiernos del, por y para el pueblo- republicanas devinieron en puras oclocracias o desgobierno de muchos; con la Monarquía hemos pasado de todo, bueno y malo, pero con la actual hemos gozado del mayor periodo de prosperidad y estabilidad democrática de nuestra historia.

Y eso es lo que importa, y no los estúpidos argumentos que leí hace poco en un artículo de un republicano “profundo” -un tal Orbaneja-, que se despacha tachando de corrupta “partitocracia” a nuestro actual sistema, al tiempo que atribuye al republicano todas las virtudes de honradez, responsabilidad y transparencia en la vida pública. Un encanto, vamos. Vuelta, una vez más, a resaltar las bondades de nuestras teorías frente a las maldades de la realidad que vivimos. En vez de eso, que compare las realidades de sus Repúblicas con las de esta Monarquía Constitucional.

Para bien o para mal, la bola ha empezado a rodar.

Para una vez que funciona el invento, comienza de nuevo el jodido rodaje de la bolita.

Que ruede la bola
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