miércoles. 12.06.2024

Las elecciones generales, aunque no lo crean, están siendo y serán realmente apasionantes porque se intenta montar una verdadera revolución, y en mi opinión necesaria, pero con un problema de base importantísimo: justita de tiempo. Tanto gritar que viene el lobo de los pactos entre derecha y extrema derecha han adormecido durante años, generaciones, a una sociedad española que ha blanqueado, mucho más que los partidos, esos postulados que en muchos casos son claramente anticonstitucionales. Barbaridades que suenan bien, para una parte de la población, escritos en un titular o comentados vehementemente en una tertulia que luego tienes, además, la posibilidad de fragmentar para dar un mensaje aún más sesgado en redes sociales sin que nadie les meta mano o haga uso de los límites que ya existen: odio, honor, injuria, calumnia…

Me hace sinceramente gracia que los medios llamados progresistas, que entendían esta postura como la obligación moral de criticar aún más que los propios conservadores las acciones del gobierno de coalición, ahora vienen a darse cuenta de que son ellos los que han provocado que buena parte del electorado de centro izquierda descarte estas opciones políticas para aceptar como mal menor a los conservadores hasta que el PSOE, principalmente, se conviertan en algo aceptado por ellos. Y ahora intentan remediarlo, pero sencillamente no saben actuar a la altura tendenciosa que lo hacen los del lado contrario, que han generado legiones de yonquis de la mentira, el mensaje facilón y el populismo. No se trata de que España esté poblada mayoritariamente de clase acomodada, sino que España se ha suscrito al mensaje cómodo que no necesita de una repensada, sólo seguir un perfil que constantemente te dicen que es el bueno, porque es el que más ácida e insistentemente critica al otro. Y esos son los valores más reconocibles por los electores en Abascal, Ayuso o Feijóo, que tienen, sean cuales sean sus armas, tanto derecho como cualquier otro, desde Bildu a ERC, a defender sus postulados como les venga en gana. Y ojo, que les compran masivamente el mensaje a PP, VOX, Bildu o ERC a cada uno en su territorio.

El lado progresista de estas dos españas en la que 87 años después ha vuelto a quedar dividida una única nación, no está formado únicamente por el colectivo LGTBi, independentistas, víctimas de violencia de género, gestores culturales o grandes intelectuales, sino por una inmensa mayoría de familias de clase media baja que no quiere datos, sino compromisos, seguridades y un sueldo mínimo y jubilaciones como en Francia o Alemania. Y ellos son la clave, porque son los que tiene la llave para que esas minorías que copan el debate político puedan tener mañana derechos y aspiraciones que en los pactos de extrema derecha no tienen cabida.

Estas no son unas elecciones generales normales, porque son una nueva guerra civil en la que la fuerza no se impone por las armas, sino con el voto. Tenemos la falange de entonces vestida de verde, a la clase burguesa excluyente disfrazada de buitre azul aprovechando que la fuerza de choque extrema le abre camino, y a una izquierda tan dividida y terrorista como entonces, como en la otra guerra civil, en la que los debates eran los mismos: derechos, independentismo y por encima de todo sueldos dignos.

Las similitudes son tantas que parece mentira que los errores sean los mismos, que cada cual no sea capaz de identificar su nicho de voto, porque quien se llame obrero tiene que dirigirse a ellos, y si ahora se llaman de otro modo sólo tienen que descubrirlo.

El problema, que casi no hay tiempo.

[email protected]. Periodista y jurista, experto en comunicación estratégica.

Revolución #23j justita de tiempo
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