Recordar para no repetir ¿Te lo crees?

Javier Salvador es periodista y abogado en ejercicio

Cada 11 de septiembre me raya terriblemente la misma historia: ¿tiene sentido volver a hablar de aquello? ¿Es conveniente traer al presente esas imágenes que marcaron nuestra memoria colectiva?

Yo no puedo evitar recordar a Elena contándome por teléfono cómo nuestro hijo Javier, con apenas unos años de edad, sentado en el sofá de casa y enfermo, vio en directo cómo las Torres Gemelas se derrumbaban. Yo estaba entonces en un curso del Instituto Internacional San Telmo, pero la memoria siempre me devuelve a esa escena: un niño mirando sin entender cómo el mundo cambiaba para siempre.

Esa misma pregunta sobre la necesidad de recordar me la hizo, años antes, un entrañable anciano que había vivido la Guerra Civil y se empeñó en que yo conociese qué sucedió. Me insistía en la importancia de que mis hijos supieran lo que pasó: que se hablase sin tapujos de las atrocidades de ambos bandos, porque la historia, cuando se esconde, se pudre. La diferencia, por supuesto, es que los vencedores impusieron su relato tras traicionar a un gobierno legítimamente elegido en las urnas. Pero más allá de quién ganó o perdió, lo que importa es comprender las consecuencias. Aún hoy las estamos pagando.

Volvamos a 2001: las torres desplomándose, miles de personas huyendo, muriendo, arrojándose por las ventanas, y un mensaje no escrito que aún resuena —recordad nuestras muertes para evitar repetirlas.

Y ahora viajemos a 1936. ¿De verdad nuestros jóvenes saben quién traicionó a este país? ¿Quiénes defendían la democracia, quiénes la fusilaron y cómo la enterraron en fosas comunes? Por eso es inaceptable que un miserable de la política venga a hablar en 2025 de enterrar en fosas a sus contrincantes para enardecer a los jóvenes ultras ¿Saben lo que significaron los años que van de 1939 a 1975? Porque no, España no floreció: España moría de hambre hasta que Estados Unidos decidió, por puro interés estratégico, abrirnos una rendija al mundo a cambio de una docena de bases e instalaciones, que no sólo fueron Rota y Morón. Y olé sus cojones porque ellos pidieron y otros les concedieron.

Tampoco estaría de más que los jóvenes supieran quién fue Carrero Blanco, cómo murió, quién lo mató y, sobre todo, qué significaba su figura como heredero de Franco. Y de paso, que mis paisanos de Almería sepan también qué nos dejó la “amistad” norteamericana aquí: residuos radiactivos en Palomares, que ahí siguen como cicatriz invisible.

Lo que trato de subrayar es simple: o contamos lo que pasó, o repetiremos la tragedia. No se trata de alimentar rencores, sino de enseñar a rechazar cualquier señal de abuso, venga de donde venga.

Porque el verdadero fracaso no sería que las Torres cayeran otra vez o que un dictador levantara la mano. El verdadero fracaso sería criar a una generación incapaz de reconocer los avisos, los comportamientos que puedan hacer la historia repetible.

Y la pregunta incómoda, queridos lectores, es ésta: ¿estamos enseñando a nuestros jóvenes a recordar… o a olvidar? ¿Quizás a ignorar lo incómodo?