Quién se llevó mi patria
Javier Salvador, teleprensa.es
Hace unos días me contaba un testigo directo un episodio vivido en un barco que hace el trayecto entre Barcelona e Italia cargado de chavales en viaje de estudios. A los andaluces les extrañó sobremanera la agresividad nacionalista de un grupo que debía sentirse muy acomplejado ante los demás por una necesidad inexplicable de provocar al resto alardeando de nacionalidad. Tiene poco sentido que un chaval de 14 años nacido en Badalona le diga a uno de Almería, que su país está cansado de pagarle el subsidio a los andaluces. Y lo más cachondo es que ese chaval será hijo de emigrantes andaluces o extremeños y si él no lo es, posiblemente lo sean el 60% de sus vecinos de escalera. Obviamente los andaluces carecemos de ese fervor nacionalista que puedan tener los catalanes o vacos, pero quizás por nuestra historia, por el cruce de culturas que se dio en esta tierra, por el hambre que se ha pasado en cada rincón de esta comunidad porque la inversión en industria siempre migraba al norte para acallar los nacionalismos, quizás por todo ello andaluces y extremeños tenemos en estos momentos un papel fundamental en esta transición hacia no se sabe donde.
Y papel fundamental es el del espíritu conciliador. Y no se trata de que rehuyamos la batalla, el enfrentamiento o el debate para irnos al bar a tomar una caña, sino que tenemos bastante claro que hay momentos y debates que no valen la pena o que, quizás, con una caña fresquita se enfrenten de otra manera.
Les contaba lo del chaval del barco porque sí me preocupa aquello que maman nuestros hijos en nuestras casas. Si gritamos “hijoputa” al árbitro de un partido que vemos en casa, no es de extrañar que un hijo nuestro lance una bengala en un partido de fútbol. Si solamente tenemos huevos para establecer un debate con el televisor diciéndole barbaridades a un aparato del que es imposible obtener respuesta, estamos generando que nuestros hijos no sean capaces de ver más allá de una ficción contaminada que puede derivar en comportamientos peligrosos, preocupantes e innecesarios. La culpa de las chorradas que diga o haga un niño es directamente de su padre y madre, y malos padres son aquellos que no consiguen que la primera opción de su hijo sea el diálogo.
Soy el primero que no comparte este modelo de Estado que hoy rige el día a día de España. Estoy cada vez más convencido de que la actual mayoría absoluta del Gobierno será, por su falta de miras, recordada como el detonante de un rediseño del Estado, y no sé si será al estilo alemán, suizo o mexicano, pero que habrá cambios en la constitución, potenciación de las diferentes identidades nacionales y un nuevo modelo electoral son apuestas que estoy dispuesto a hacer con los ojos vendados, porque el otro camino que queda libre es el de la radicalización.
Pero lo que por encima de todo tengo claro es que será lo que tenga que ser, y ese modo de ser lo decidirá la mayoría en una jornada electoral, porque la base de todo, de ese querer más reconocimiento, autonomía e independencia tiene una única vía de acceso, que es el proceso democrático.
Lo dije y lo mantengo. Envidio a Cataluña y a los catalanes de verdad por ese sentimiento patrio, por cómo se identifican con su bandera, por cómo se les llena la boca al decir Catalunya. Me encantaría tener ese grado de identificación con la bandera roja y gualda, pero reconozco que si me viese forzado a elegir mis colores serían el blanco y verde. Y no se trata de que no tenga patria, claro que la tengo, pero igual no es la que se configuró con un ojo en el futuro y otro en la dictadura que acababa de fallecer.
Como nación, como Estado, hemos fallado en la pérdida de la identidad nacional, quizá porque se confundió que todo lo que sonaba a nación era retrógrado y cuasi franquista. Pero como conjunto de identidades de un mismo territorio podemos cometer un fallo mucho más grave si esa diversidad no la inculcamos como una seña de riqueza, como algo que nos obligue a una mayor tolerancia, porque si no es así vamos a hacer panes como hostias.