Que le explique lo de Zapatero
Esta mañana un amigo me pidió que le explicara qué está pasando con Zapatero. No desde la trinchera, sino desde esa distancia mínima que todavía permite pensar. Me lo preguntó porque no terminaba de entender todo lo que se estaba contando en los medios. Y quizá ahí empieza el problema: no en lo que ocurre, sino en cómo se cuenta lo que ocurre.
La trama no siempre es difícil de explicar. Lo difícil es explicarla a quien ya ha decidido antes de escuchar. No hay más ciego que el que no quiere ver, pero tampoco hay peor lector que el que abre una noticia buscando únicamente confirmar el prejuicio que traía puesto de casa.
Óscar Puente ha dicho algo que, en una democracia adulta, no debería sonar escandaloso: hay que dejar trabajar a la Justicia. Que se investigue lo que tenga que investigarse. Que se esclarezca lo que tenga que esclarecerse. Que cada poder cumpla su función. Hasta ahí, nada que objetar. Es más, ése debería ser el punto de partida común de cualquiera que no confunda la toga con una bufanda de estadio.
Pero Puente añade una segunda idea que tampoco conviene despachar con una carcajada de tertulia: puede haber, alrededor de determinadas investigaciones, intereses políticos y mediáticos orientados a derribar a un Gobierno por caminos distintos a las urnas. Y eso, dicho con prudencia, merece al menos una reflexión. No para negar el trabajo judicial. No para cuestionar de entrada a jueces, fiscales o policías. Sino para mirar el cuadro entero, que ya va siendo hora.
Porque una cosa es investigar delitos y otra muy distinta convertir cada diligencia en una pieza de artillería política. Una cosa es informar de una actuación judicial relevante y otra administrar filtraciones, horarios, titulares y sospechas como si la democracia fuese una sala de operaciones. Una cosa es la justicia y otra el espectáculo que se monta alrededor de la justicia.
Alguien dijo una vez que para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder, y el problema es que del todos para uno de los mosqueteros de la transición, parece que vamos camino del sólo puede quedar uno. Y ojo, que nadie que no haya sido elegido por el pueblo se atreva, jamás, a poner en duda que el poder real, el verdadero, es ese que radica en el pueblo.