sábado 21/5/22

El precio de la carne

"Si miramos a nuestro alrededor encontraremos un altísimo porcentaje de vegetarianos, un no menos menospreciable número de veganos y un sinfín de variables en el modo de alimentarse que tienen en común el rechazo a la carne"
Javier Salvador, teleprensa.com
Javier Salvador, teleprensa.com

La crisis política sobre la carne, las macrogranjas y sus efectos medioambientales tiene trampa y el ejecutivo de Pedro Sánchez ha caído en ella. Por una parte hablamos de un modelo contra el que todos los países, menos en Alemania que es el mayor competidor europeo de España en producción de carne de cerdo, ya toman medidas para reducirlas, controlarlas e ir ayudando a su desaparición. En Italia son mucho más beligerantes y la oposición a ellas se ha convertido casi en una verdadera lucha ciudadana. Pero en el trasfondo de esta situación hay dos elementos esenciales. 

Por un lado tenemos el precio de la carne. Queremos pagar muy poco por lo que comemos, por todo en general, y eso lleva a modelos productivos intensivos. Granjas para carne de cualquier tipo, invernaderos para productos hortícolas, industrias apícolas para la producción de huevos y que podamos comprar la docena por apenas un euro. Y junto a ello el voto juvenil. Los jóvenes, las nuevas generaciones de europeos, con una mayor conciencia ambiental y defensores del bienestar animal, rechazan el actual modelo. Podrán ser un desastre e incapaces de muchas cosas que los padres entendemos como básicas, pero tienen una conciencia medioambiental que cuando menos triplica la de generaciones anteriores y eso, señoras y señores, es una brecha de valores.

Si miramos a nuestro alrededor encontraremos un altísimo porcentaje de vegetarianos, un no menos menospreciable número de veganos y un sinfín de variables en el modo de alimentarse que tienen en común el rechazo a la carne. Pero hay algo que nos une y es precisamente que todos coincidimos en que la carne es uno de esos productos que ha tenido una pérdida de calidad impresionante en las últimas décadas. Filetes que flotan en una sartén por la cantidad de agua que atesoran, pollos que no saben absolutamente a nada, cerdo que pasaría por cualquier otro producto porque sencillamente es un músculo insípido con una medida proporción de grasa. Pero nos encanta su precio, pagar menos de 10 euros por un kilo de ternera, menos de 5 euros por uno de cerdo, o pollo a 2,18 euros.

Sin darnos cuenta hemos girado hacia la compra de “huevos de gallinas criadas en suelo”, cuando no nos hemos lanzado a buscar “huevos ecológicos” producidos en cualquier pueblo cercano, porque las imágenes de cómo se producían nos parecían una barbaridad. Y todo porque los más jóvenes de las casas nos han llevado a ello con esa conciencia ambiental que adquieren día a día en sus redes sociales, donde sus influencers de referencia les hablan patrocinadamente de las atrocidades que se cometen en las granjas, de la tortura animal que supone, por ejemplo, la cría de patos para obtener enormes hígados con los que hacer las delicias de cualquier cocinillas.

Yo soy comedor de carne. La barbacoa es un elemento casi que indispensable en mi modo de socializar y obviamente no la lleno, aún, de verdura. Pero soy consciente de que pierdo espacio entre quienes me rodean. Y dicho esto lo del pobre ministro Garzón, el pagafantas oficial del Gobierno de España es, sencillamente, sentido común y la soledad del empollón de la clase. Parece que es el único ministro que mira hacia el exterior para ver lo que sucede y hacia los jóvenes españoles para atinar en aquello que ellos quieren. Su comunicación no es tan mala, porque no hay ministro con tan ínfimos recursos que obtenga un rendimiento tan alto, y lo que no comprendo es cómo el resto, con todos los medios a su alcance, aún no se han dado cuenta de que les están untando la tostada política. Por cierto, los grandes inversores de esas macrogranjas no votan izquierdas, sino derechas. Lo que dice el nuevo modelo al que se tiende es producir menos, para contaminar menos, potenciar el entorno rural, la España vaciada por ejemplo, y tirar aún menos al cubo de basura, porque tiramos al vertedero lo más grande, así que lo barato al final nos sale caro. Vamos, lo que siempre han dicho las abuelas.

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