Pon un payaso en tu vida
Javier Salvador. Periodista
Hay un tipo que me cruzo cada día cuando voy hacia el trabajo. Su puesto habitual es un cruce, bueno una rotonda regulada por semáforos que le otorga los escasos tres minutos que necesita para montar un número con el que ganarse la vida en sesiones continuas, una y otra vez, cada vez que las luces rojas le garantizan un público que no puede escapar de él.
Equipado de peluca multicolor, nariz de payaso, una veces con bolas y otras con unas mazas, no duda en lanzar sus artilugios al aire para intentar un juego malabar que no siempre sale. Pero si caen al suelo no pasa nada, levanta la mano en señal de “tengo una idea” y se planta un par de volteretas que yo no sería capaz de hacer ni con varios años de entrenamiento.
Como todo en esta vida el número tiene un objetivo y es ganar algunas monedas de aquéllos que, lo reconozcamos o no, nos quedamos sorprendidos de la capacidad que tiene la gente para ganarse la vida aunque te tengas que poner el mundo por montera.
Y dicho sea de paso, prefiero fijarme en el payaso cuando paro en esa rotonda, que mirar a mi derecha o izquierda y descubrir a gente desquiciada incluso antes de llegar a sus puestos de trabajo.
Del payaso he aprendido algo muy sencillo. Que si creemos que nos va mal, aún nos puede ir peor, y que incluso en esas circunstancias la única barrera que existe para ganarte la vida eres tu mismo.
Y llegados a este punto podríamos hablar de la terapia del payaso, porque creo sinceramente que todos deberíamos tener uno en nuestra vida, alguien que de una forma u otra despierte en nosotros ese instinto de superación o supervivencia, que en estos momentos distan muy poco uno de otro. También podemos llamarlo punto de referencia o advertencia sobre el extremo al que puedes llegar e, incluso, entenderlo como el total rechazo a darse por vencido porque al final siempre surge algo que puedas hacer.
Igual resulta duro para muchos llegar a pensar en su vida llegado un extremo de estas características, pero de lo que se trata es de de poner en orden nuestro modelo para que eso no suceda y ojo, que llegado el caso, el sistema pueda ayudarte a no ver en la rotonda la única salida porque eso si es una prueba de fracaso colectivo y no personal.
Como verán, hasta un payaso en una rotonda nos da para pensar en los tiempos que corren. A ver si en vez de a un tipo con peluca nos empezamos a encontrar búfalos cabreados que nos obliguen a correr, a reaccionar y a tomar las riendas de eso que llamamos gobierno y que administra nuestra libertad.