Pedir perdón a México

Javier Salvador, teleprensa.com

Unos piensan que el llamado descubrimiento de América, la toma de posesión del continente, su colonización, evangelización y todo lo demás fue algo así como el inicio de la civilización en aquel continente. Otros piensan que la invasión, esclavización o sometimiento de sus gentes, la imposición de religión, gobierno y señores que se repartieron sus tierras fue uno de los crímenes contra la humanidad más flagrantes de la historia del mundo, tan solo comparable con lo que el resto de los países hicieron en África y otros continentes. Japón evolucionó a su ritmo y nos da mil y una vueltas.

Unos defienden que se les dio cultura, estructura social, universidades, un camino para crecer a la par que España. Otros exigen reparación por el expolio de sus metales preciosos y recursos naturales durante casi tres siglos y medio. En fin, lo cierto es que, conforme entraron las tropas de Napoleón por los Pirineos, las colonias dijeron: «Ahí os quedáis». Aunque claro, quienes se repartieron el pastel no fueron precisamente los vestigios de los pueblos originarios.

Vamos a ver. España estuvo ocupada por Roma durante casi 700 años. Se llevaron el oro, la plata y todo lo que podía tener valor. Esclavizaron a las gentes de aquí, etcétera... pero nos dejaron acueductos y otra serie de lugares que visitar, además de una lengua y una religión que también nos impusieron. Llegaron los visigodos, bárbaros del noreste de nuestra actual Europa, y más o menos aguantaron unos 300 años, hasta que llegaron los árabes y se quedaron con casi todo durante otros 700 años. Todos saquearon. Bueno, para ser justos, los que menos se llevaron fueron los árabes, que sencillamente se expandían para asentarse, pero tiranos como todos, porque al que no comulgaba con lo suyo también lo pasaban a cuchillo. Ahora bien, nos dejaron el país plagado de alcazabas, torres, fortalezas, palacios y mezquitas como para quitarse el sombrero.

Los echaron de aquí, y a sus nietos junto con los judíos, a quienes también se les dejó elegir entre la hoguera aquí o persecuciones en cualquier otro lugar del mundo.

Quiero decir con todo ello que quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Igual lo primero es mirar en los árboles genealógicos de allí, de cada país de Latinoamérica, para saber quiénes son los descendientes de aquellos que llegaron de la mano de los españoles, y luego mordieron la mano que les dio de comer sin perder las propiedades ni la posición. Esos que alzaron al estrellato a los libertadores del tipo Bolívar,—hace poco vi la casa en la que residió durante el año y pico que vivió en Bilbao—para hacer un continente de nuevos señores que gobernaron con el hambre y la pobreza como armas de sometimiento. Nada de democracias a la americana y cosas por el estilo.

Verán. Que en México la tomen con el rey de España, cuando aquí estamos flipando con las grabaciones de las amantes del padre, su patrimonio oculto y vuelos en avión privado para navegar en Sanxenxo, a mí, particularmente, me la trae al pairo.

Si quieren que se les pida perdón, por mi parte no hay problema. Todo lo contrario, juntos podríamos pedírselo también a la Iglesia de Roma, que fue quien se atribuyó el derecho divino de repartir el mundo para, sin poner un soldado o pegar un tiro, llevarse una parte proporcional del pastel.

Pero la reflexión debe ser otra. ¿Cómo nos habría ido juntos hasta el final? ¿Imaginan un estado autonómico o federal e intercontinental? Porque la otra versión, la de por separado, ya la conocemos y creo que a ninguna de las dos partes nos vuelve loco. Y eso que nosotros, en España, podemos llorar con un ojo, que, al fin y al cabo, somos europeos.