Pablo, la otra cicatriz de la Alcazaba
Javier Salvador, @jsalvadortp
Pablo es un niño y va en silla de ruedas. Su madre le llevó a “disfrutar” de un obra de teatro en la Alcazaba de Almería y, consciente de las limitaciones que todos los demás ponemos a personas como Pablo, preguntó si el recinto era accesible. La respuesta fue que sí y allí se plantó ella con su chaval para sufrir algo más que un calvario, que no tiene nada que ver con una incomodidad o contratiempo. La historia está perfectamente contada en su perfil personal de facebook, y si pinchas aquí puedes acceder a su propio relato sobre lo ocurrido, pero como hay personas que de todo lo malo sacan siempre algo bueno, y la madre de Pablo parece ser una de ellas, casi que más que denuncia agradece la ayuda que algunos jóvenes le prestaron en un episodio que nos debería crear una sensación de vengüenza e indignación tan grandes como un muro taladrado o la inaccesibilidad de los trenes de Almería.
La Alcazaba de Almería está de moda este verano porque un insensato taladró la milenaria fortaleza erigida por decisión de Abderramán III para instalar un escenario, un hecho que para la sociedad almeriense es un atentado contra el patrimonio. Todos aplauden la denuncia que se hizo en su día y que el caso derive en sanciones, prohibiciones y todo lo necesario para que no vuelva a ocurrir, pero esa no es la verdadera cicatriz de la Alcazaba.
No se trata del disgusto de una madre al descubrir que a ella sola le resultaría imposible llegar hasta el recinto en el que se ponía en escena la obra de teatro, sino de lo que hacemos y, sobre todo de cómo lo hacemos y qué esperamos sacar de ello.
No habrá mesas reivindicativas ni plataformas que se sienten con los grupos políticos para pedir una solución y, por qué no, una disculpa para Pablo. Al fin y al cabo es un chaval al que se puede sacar poco rédito político si no hay elecciones a la vista.
Nadie habrá caído en la cuenta de que si los operarios tienen un modo de acceso determinado para poder llevar todos sus hierros y que luego taladren a conciencia la pared, las personas como Pablo también podrían tener esas facilidades o sencillamente, que no lleven a esos lugares a los que no todos pueden acceder aquello que se vende políticamente como hecho para todos.
Andalucía es una tierra a la que no se la puede acusar de dar la espalda a personas con movilidad reducida o algún tipo de discapacidad, todo lo contrario, pero hay ocasiones en las que entiendo perfectamente por qué hay algunos iluminados que dicen que Almería no tiene nada que ver con la región. Aún vamos de taifa por la vida.
El caso de Pablo obliga a una reflexión, pero no sobre poner una rampa o no de acceso para sillas de ruedas en la Alcazaba, o sobre si éste es el lugar adecuado para hacer una u otras actividades. Lo que de verdad nos enseña la historia que cuenta la madre del chaval es lo equivocados que estamos con las guerras a las que prestamos atención, a las que damos titulares y convertimos en populares para engrandecer el ego de unos pocos.
A ese chico le privamos entre todos de un derecho fundamental como es recordar que ese día de teatro con su madre fue un gran día y no por la entereza que ella demostró, sino porque simplemente tiene derecho a disfrutar de teatro en la Alcazaba de Almería, sin más inconvenientes si se anuncia para “todos los públicos”.