viernes 14/5/21
Javier Salvador, teleprensa.com

La otra verdad agrícola

Javier Salvador, teleprensa.com
Javier Salvador, teleprensa.com

En números generales Almería cuenta con unos 60.000 trabajadores inmigrantes legales, asentados y que desarrollan su actividad en diferentes municipios, tipos de cultivos o actividades auxiliares. Se estima que existen unos 3000 inmigrantes ilegales, sin papeles, lo que supone un 5% del total, pero no se trata de personas que lleven aquí años buscando una regularización, sino de inmigrantes que llegan en patera y están de paso en su ruta hacia Alemania, Francia, Holanda, Bélgica y otros países a los que aspiran llegar. Y esos son los lugares a los que prefieren migrar, bien porque allí cobran más, tienen mejores opciones de integración o, sencillamente, cuentan con familia o amistades que les acogerán. 

Hasta ahí nada nuevo.

Pero el problema no está únicamente en la atención o desatención que puedan tener aquí, en España, sino en el efecto que se genera por pura competencia de mercados. Los países del norte giran hacia un consumo de productos locales que obviamente no cultivan bajo el sol que no tienen, pero la tecnología permite en estos momentos todo lo imaginable. Obviamente si metes tecnología en un invernadero, ya sea para atemperar, acelerar crecimientos o mejorar el aspecto de los productos, incrementas costes, y el más importante es el energético. Aquí podemos producir mucho más barato no porque se pague poco a la mano de obra, que de todo hay, sino porque en el sur de Europa el mismo sol que les encanta a alemanes y franceses para tomarse una cañita en Mallorca o en la Plaza Mayor de Madrid, sirve para que con un mero plástico sobre un esqueleto mínimo de acero, podamos construir invernaderos que alcanzan temperaturas naturales para las que ellos tendrían que quemar toneladas de gas. Así las cosas, su principal arma para competir nunca será la calidad de producto, sino cualquier otro elemento que pueda remover conciencias. Porque sí que es cierto que un porcentaje muy alto de los consumidores europeos defienden su producto nacional, pero solo de vez en cuando, porque para el día a día todos, absolutamente todos, van a por el precio más bajo. De hecho, que una verdura española cueste menos no es sólo una cuestión de costes de producción, sino una estrategia de los propios supermercados holandeses, alemanes o franceses, que son quienes imponen los precios de compra.

Lo gracioso de esto es que los últimos ataques recibidos y que tratan de predisponer a los clientes de Lidl, Aldi, Carrefour o Auchan contra los productos españoles, tienen su origen en esa política de precios. Es decir, si pagasen en España lo mismo que en sus países de origen los jornales de los trabajadores serían más altos. Ahora bien, lo que la agricultura española no ha sabido defender es su propia imagen demostrando que, cuando un agricultor español no baja el precio, lo que hacen las grandes marcas por medio de sus redes secundarias de compradores es acudir a productos de Marruecos o cualquier otro país tercero. Más barato aún, y mucho más peligroso también.

Y llegados aquí ¿sabe alguien cuáles son las condiciones de vida de los trabajadores en los invernaderos de Marruecos? No es muy difícil imaginar cómo vivirán los inmigrantes subsaharianos que trabajan en esos cultivos mientras intentan llegar a Europa. Y es obvio que, si hasta los mismos paisanos del país están dispuestos a cruzar el mar en patera, no deben ser muy buenas, higiénicas ni humanitarias.

Y ahí es donde tenemos que trabajar, en mostrar que aquí somos capaces de mejorar, pero sin olvidar poner en valor cada centímetro de nuestro modelo frente a la realidad que se vive allí donde se compra cuando España no claudica en precios.

La otra verdad agrícola
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