Nuevos límites del insulto

Javier Salvador, abogado y periodista

¿Dónde está el límite del insulto, de la calumnia, de la injuria con publicidad en el marco político? Como nos hemos acostumbrado a ver en el informativo televisado de las tres de la tarde a esos a los que llamamos líderes nacionales diciendo absolutas barbaridades, empezamos a creer que todo vale en el discurso político. Que la libertad de expresión es un saco sin fondo en el que cabe toda la mierda que quieras echar y que, además, lo ampara nuestra Constitución.
Pero claro, a mí me va a costar un par de disgustos con mi propia gente usar mierda como sustantivo no contable que actúa como núcleo de un sujeto postverbal. Vamos, que escribir es otra cosa.

Pero avancemos. Esto se tuerce aún más cuando callamos al ver a todo un presidente del Gobierno de los Estados Unidos de América haciendo el gilipollas mientras imita, según él, a un “mariquita levantando pesas”, hablando de invadir o comprar el territorio de un país tercero, de bombardear lanchas de presuntos narcos, o —por no hablar— de entrar en un país para secuestrar a su mandatario junto con su producción de petróleo.

Me da igual lo malos que sean o el daño que hagan. Lo que nos salva de la barbarie es que en España no podemos bombardear las lanchas de narcos y petaqueros que, los días de temporal, se refugian en Terreros o en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. Y seguro que algún portento del intelecto ya estará pensando que eso es precisamente lo que habría que hacer: hundirlas todas, ametrallarlas y dejar las playas regadas de cadáveres como ejemplo.

Esa ligereza para llegar a pensar semejantes barbaridades nace, precisamente, de la escalada de la barra libre del insulto. Del fusilamiento sin tapia ni cementerio de los mínimos valores de coherencia y convivencia. Sucede, por ejemplo, cuando utilizas una Constitución como la nuestra, la del 78, para valerte de ella de manera espuria.

Así, si a las tres de la tarde ves a un dirigente nacional soltando una barbaridad del 15 en una escala de 0 a 10 —si bombardean lanchas en el extranjero, aquí no se puede ser menos—, a las seis te encuentras a un concejal de pueblo, con dos gin-tonics en el cuerpo, redactando una moción en la que, de las mil palabras que escribe, ochocientas son insultos, calumnias e injurias. Y además las pone por escrito, para darles publicidad. Total, si es una moción, debe de estar protegida por el escudo para capullos de la libertad de expresión.

Y no. No es así. Pero es urgente darle una vuelta seria al discurso político, a las redes sociales y a los valores que deberían imperar en él, aclararnos sobre los límites del insulto. Porque cada vez que bicheamos un poco desde el teléfono la fauna del momento, la sensación es inquietante: parece que estemos viendo una precuela de El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985). Y prometo que cada vez veo más cerca ese futuro distópico creado para la ciencia ficción.
¿O quizá no era ciencia ficción, sino una advertencia?

Los Simpson ya anunciaron a Trump como presidente del Gobierno.