miércoles. 12.06.2024

Estoy absolutamente desesperado porque acaben las elecciones, que gobierne quien decida la mayoría, en contra de lo que piense la minoría, y que pasado el trance las administraciones empiecen a trabajar porque se nos va el verano y perdemos la sangre en ello. Terminadas las elecciones el 28 de Mayo, nadie va a mover un dedo hasta los plenos constituyentes del 17 de Junio y, a partir de ahí, un pequeño paréntesis hasta el 23 de julio para, después de ello, empezar poco a poco en los primeros 100 días de gobierno. Paso a paso, sin prisas, y claro que sí, con unos días de vacaciones porque el año electoral está siendo realmente duro con esto de las municipales por una parte y las generales anticipadas a continuación.

Pero mientras tanto, mientras los partidos se parten el alma para ver quien va en uno u otro lugar, a mí lo que realmente me interesa es lo mío, como a la mayor parte de los ciudadanos desencantados por un modelo político que no juzga por los hechos, sino por los dichos, los dimes y diretes. Y llegados a este punto a mí, lo que realmente me interesa son los mosquitos.

Vivo a un kilómetro del río Andarax y esto es una locura. Ya no tengo claro si soy un gran contribuidor al producto interior bruto a lo bestia, porque no paro de gastar insecticida de bote, de enchufe, en pulsera, en incienso, o he caído en la trampa de Mercadona porque todo esto es una gran maniobra del tal Roig que seguro que en unos días denunciará Podemos. Vamos, que ya sólo me falta poner en práctica los consejos de tiktok, pero sencillamente me dan miedo. A mi edad no estoy para fiarme mucho de un influencer que tiene pinta de no haber aprobado ni el recreo en sus estudios, y claro que todo el mundo tiene alguna habilidad para algo sin necesidad de estudiar, como los chamanes la tienen para sanar el mundo con la imposición de manos y algunos de esos alcaldes que el próximo 17 juran el cargo con el mismo grado de formación.

El caso es que los mosquitos, que son el verdadero medidor de interés político por la gestión, han debido leer por ahí que nadie les va a hacer nada este verano y están campando a sus anchas. Vamos, que no se han puesto a recalificar suelo y hacer planes urbanísticos como locos porque para eso está la otra especie, los moscardones.

Y llegado aquí, y conociendo muy de cerca el caso de los pescadores de caña de Cabo de Gata, que se han convertido en cebo vivo para los mosquitos de Las Salinas y Fabriquilla, hay que hablar de ellos. Los hechos demuestran que los besugos de tontos no tienen una escama, y les han dicho a los mosquitos que ellos fijan a la presa en la orilla para que ataquen sin piedad, al igual que a ellos les ponen el cebo en los anzuelos o a los agricultores en las campañas electorales. Total, que en las urgencias de algunos centros médicos están que si quedan sin urbasón, como sin dinero la administración pública con tanta subvención al campo como se ha prometido en estos últimos meses.

Yo puedo entender que los espacios naturales no son compatibles con los insecticidas, al igual que nuestros usos y costumbres con el planeta, y de ahí el cambio climático. Pero puestos a ser justos, el insecticida que no usen en Cabo de Gata, -lo siento que cada cual lama sus heridas-, lo podrían rociar en el río Andarax, que como ecosistema es una mierda descomunal y así podríamos vivir todos un poco mejor. 

O igual, otra solución es obligar a cada dueño de un metro cuadrado sin construir, los llamados solares, estén obligados a mantenerlos en estado de revista y no como estercoleros, porque son verdaderos parques de atracciones para mosquitos mientras no se pongan a trabajar los moscardones a partir de septiembre.

Nos comen los mosquitos
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