lunes. 26.02.2024

Un premio Nobel de la Paz de la era de los ochenta venía a decir que la violencia engendra violencia y se transforma en un círculo vicioso que es necesario romper. Por otro lado, entendemos la democracia como modelo de resolución de conflictos a través del diálogo y el consenso, no mediante la fuerza y la intimidación, y por ello cuando se abandonan estos principios, se traiciona el legado de quienes lucharon por un mundo más justo y equitativo, y esos luchadores no fueron otros que nuestros abuelos. Sin embargo, la reciente oleada de disturbios protagonizados por grupos de ultraderecha en distintas ciudades españolas amenaza con socavar este cimiento esencial. 

En las épocas de la antigua Grecia, cuna de la democracia, filósofos como Aristóteles ya reconocían la importancia del gobierno de muchos frente al de unos pocos. En su obra "Política", Aristóteles explicaba que la mano de muchos previene la injusticia más que la de unos pocos, un principio fundamental que resuena con fuerza en nuestros tiempos. La democracia parlamentaria ofrece un escenario donde diversas voces pueden ser escuchadas y consideradas, y donde las decisiones reflejan la voluntad colectiva, no el capricho de una minoría. Y ojo, quien no suma para gobernar es, sencillamente, una minoría.

Sin embargo, la democracia no es solamente un sistema de gobierno, sino también una forma de vida. Requiere de una ciudadanía activa y comprometida, capaz de ejercer sus derechos con responsabilidad y defender sus libertades con vigor. La tolerancia y el respeto son ingredientes indispensables para su correcto funcionamiento, pero permanecer impasibles ante quienes se hacen escuchar por la fuerza es, sencillamente, dejar abierta de par en par la puerta a los nostálgicos de quienes ya en 1936 convirtieron a España en un campo de batalla.

Los disturbios causados por grupos extremistas no son sino manifestaciones de una intolerancia que corroe el tejido social. El derecho a protestar es sagrado en una sociedad libre, pero cuando la protesta se convierte en vandalismo y ataque a los principios democráticos, deja de ser un derecho para convertirse en un delito. No hay causa que legitime el recurso a la violencia, ni mensaje que no pueda ser expresado a través de los cauces legítimos que la democracia ofrece.

Alguien dijo en una ocasión que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. El odio es aprendido y, por lo tanto, puede ser desaprendido. La educación en valores democráticos y el rechazo social a cualquier forma de intolerancia son fundamentales para prevenir la radicalización y promover una cultura de paz, y en ese escenario la democracia parlamentaria se erige como el mejor sistema de gobierno conocido hasta la fecha, no por ser perfecto, sino por su capacidad de automejora y su resiliencia frente a los desafíos. Pero si esa tarea no la apoyamos firmemente desde el rechazo social, seremos víctimas de una minoría que trata de imponerse a golpes y voces sobre una mayoría social que permanece silenciosa, agazapada.

Mayoría silenciosa
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