martes. 28.05.2024

En un país como España o en una región como Andalucía, donde más del 25% de la población está insatisfecha con el papel que juegan sus políticos o donde este porcentaje de la población, punto arriba o abajo, consideran la política o a los políticos uno de los cinco principales problemas, la cuestión no es que algo falle, sino que hay un modelo que sencillamente no funciona. Ya lo miremos desde el CIS del Gobierno de España o desde el barómetro de la Junta de Andalucía, las encuestas o estudios sociológicos, por mucho que se maquillen, muestran una incómoda realidad. Periodo tras periodo electoral se traduce en que casi el 40% de la población no acude a las urnas por hastío, desánimo… porque han tirado la toalla hasta en sus procesos más directos, como pueden ser unas elecciones municipales.

Con este panorama es probable que muchos piensen que lanzar nuevos partidos al panorama político o electoral puede ser un verdadero suicido, pero nada más lejos de la realidad. Es el momento. Es ahora, y la explicación es muy sencilla. Esa desilusión y sus efectos ya la hemos visto otras veces, como cuando surgió el movimiento 15M que dio lugar a la segregación de la izquierda, o con la extrema derecha que se le coló a la derecha en sus momentos más bajos. No se trata de que la gente no quiera participar, sino que buscan un lugar en el que ubicarse.

En la actual situación y con la lección de política útil territorial que están dando los partidos nacionalistas vascos y catalanes al resto de España, porque son ellos quienes se llevan el gato al agua, los únicos caminos que le quedan a regiones como Andalucía son muy claras. La primera podría ser un partido nacionalista, de corte ideológico transversal, absolutamente mercenario en el panorama político, porque su función no sería otra que la misma que los nacionalista catalanes y vascos, es decir, exprimir al Estado para sus propios intereses territoriales. El problema es que Andalucía nunca ha tenido ese sentimiento mínimo de nación, apego por símbolos o personajes históricos. Dicho de otra manera, aquí nadie se va a partir la cara por la bandera blanca y verde, como tampoco nos identificamos mucho con la que yo diría que desconocida obra e ideología de personajes como Blas Infante. Vamos, que me gustaría, pero no lo veo.

La otra fórmula es la siempre complicada pero necesaria opción de centro. Ese punto equidistante al que pueden sumarse de uno y de otro lado, pero que tiene su principal cantera entre quienes no votan, ese 40% de inactivos comicios tras comicios, o quienes están a punto de incorporarse a los censos electorales. Problema, el centro hay que identificarlo con un referente que motive realmente, comparable para la masa con semejanzas hacia algo conocido, por ejemplo, los Demócratas estadounidenses. No vale decir estoy entre unos y otros, sino que soy como este otro.

Lo cierto es que la solución a la desilusión es más partidos. Nuevas fórmulas que sustituyan a las actuales, pero que siempre serán complicadas porque son pocos quienes se atreven a dar el paso. El último en aparecer en el panorama nacional es Edmundo Bal, ex de ciudadanos, que irrumpe con Cree. Se trata de un partido que llama directamente al espacio de centro y que vienen fraguando desde el mes de septiembre bajo el paraguas de una asociación, Nexo Plataforma. Nace con un notable arraigo en Andalucía, de hecho él es onubense, y ojo, la primera en la frente. Concurrirán a las Elecciones Europeas pero él no será el candidato, es decir, formato PNV en eso de stop personalismos. El líder del partido no encabeza las listas electorales. Y eso, en el país donde la política se ha convertido en un juego de egos y no de proyectos, la verdad es que promete o huele, si no a cambio, sí que a algo distinto. ¿Para creer en ello?

Puede ser.

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