miércoles. 12.06.2024

Terminada la Semana Santa entramos de lleno en un proceso electoral en el que realmente nada cambia demasiado. Las izquierdas siguen su natural tendencia a dividirse, mientras las derechas tiran de populismo intentando reagruparse porque saben que en este país la mayoría es progresista, pero incapaz de seguir un mínimo instinto de rentabilidad conjunta. Y en esa debilidad está la fuerza de los otros.

Pero a la hora de analizar o de tomar decisiones, la clave está precisamente en defender lo que piensas. Y es verdad que el nuevo lema de campaña de los socialistas de Pedro Sánchez, ha dado con una clave emocional importante, pero entre que son incapaces de aplicarse el cuento internamente, y que a nivel global son bastante malos a la hora de vender sus propios logros y el porqué de las cosas, es como si construyeses una autovía con todo tipo de sensores y balizas que permitan al coche ir sin conductor, pero pones a circular por ella los míticos SEAT 600. Sin más electrónica que el interruptor de las luces.

Y así las cosas, la clave está en identificar, por lo menos, los comportamientos de soberbia electoral para apartarte de ellos lo máximo posible, ya sea por higiene personal o, sencillamente, para no alimentar un pozo negro que al final siempre rebosa.

Verán, hace ya algunos años, en Almería, hubo un candidato del PP llamado Juan Megino que ganó sus elecciones, las primeras que tumbaron un gobierno del PSOE en la historia de la democracia en Almería. Comenzó bien, pero al final quiso hacer tanto por su cantera de voto fija, el centro de la ciudad, que no se le ocurrió otra cosa que centrar ahí toda su limitada capacidad de inversión de aquellos años y olvidar por completo los barrios periféricos de la ciudad. La ejecución de aquel modelo generó tal malestar por la ausencia de consenso con los afectados, que al final quedó en la memoria colectiva como el alcalde más soberbio de la historia de Almería. Decían que no escuchaba, que él iba a lo suyo, y que lo suyo era en su opinión el único tratamiento eficaz para la ciudad. Pero vive Dios, que lo han dejado como un verdadero aprendiz de soberbia electoral.

Ahora ya no es que no se escuche, es que da exactamente igual lo que piense la calle. Ya no se guardan las más mínimas formas de nada.

Vivimos un modelo político que parece la procesión de la Santa Hermandad de los Sobrados. Todo les importa un carajo. Da igual que unos tipos que salen de las listas de las municipales, como quienes gobernarán la Diputación Provincial de Almería, estén imputados o bajo la sospecha de corrupción como ocurre con el Caso Mascarillas. Pero lejos de mostrar humildad, de separarse temporal y discretamente, se ponen a ponerle su nombre a teatros o instalaciones deportivas, como los Javier Aureliano que ya tenemos en Zurgena y Balerma. Vamos a ver, que el ego lo encaja todo, pero cómo le explicas a un escolar en un recorrido por el patrimonio de la provincia, dentro de unos años, que junto al teatro Cervantes o el auditorio Maestro Padilla, tienes el Javier Aureliano García en Zurgena. O que frente al Moisés Ruiz o Rafel Florido te encuentras el Javier Aureliano de Balerma. De locos. Pues este tipo es el número dos o tres de la lista por Almería y comandante del grupo de whatsapp Naranjito, en el que un desesperado Oscar Liria, el vicepresidente de la diputación apartado tras ser detenido, insistía e insistía en el negocio de las mascarillas.

Y esto solo acaba de empezar.

Lecciones de soberbia electoral
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