Jodido país de tuertos

Javier A. Salvador, @jsalvadotp

Entiendo como un país de tuertos aquel que sólo mira por un ojo, viendo sólo la parte de mundo que le interesa y en el momento que mejor le parece. También puede ser sinónimo de vaguedad, de no querer entrar en la profundidad de nada y que prefiere vivir en la superficialidad del último acontecimiento, dejándonos llevar por el ritmo que en un momento determinado nos hace mover los pies, y el problema de todo ello es que al final nunca terminamos de llevarnos las manos a la cabeza porque vivimos del asombro, del esperpento y, además, nos encanta.

Se me abren las carnes tanto en el momento que veo a un Nicolás Maduro secuestrando las libertades de un país, Venezuela, mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado para que no le toquen demasiado sus posibles intereses particulares en ese pequeño pero rico país, ahora en unas manos tan desastrosas que sencillamente lo han subsumido al imperio de la corrupción. Pero me resulta igualmente chirriante que nos pongamos a pedir a voz en grito que se reconozca a un señor que en medio del clamor popular se autoproclama presidente de un periodo transitorio, lanzando a sus desesperados compatriotas al matadero. Y claro, dependiendo de cómo veamos la película, pues resulta que el levantamiento de Juan Guaidó puede interpretarse por cualquier catalán ultranacionalista y republicano, exactamente igual que la declaración de independencia hecha por Carles Puigdemont proclamando una república independiente y suspenderla al mismo tiempo, para abrir un periodo constituyente frente al que entiende o quiere vender como su Estado opresor. Y sé que muchos van a pensar que es una barbaridad de comparación, pero denle una segunda pensada y verán como al final lo que hay es un orden constitucional, alguien que lo maneja deslealmente y otros que se rebelan.

Mientras tanto, de uno y otro lado se dicen tal cantidad de tonterías que darían para una verdadera antología de la estupidez, porque lanzando mensajes de barra de bar no se construye ni se guía, sencillamente se calienta a la parroquia.

El hecho es que nos gastamos un dineral en mantener estructuras internacionales, que federan nuestros intereses para una defensa mucho más contundente que la unitaria, como para que ahora nos rasguemos la camisa a lo camarón, y sin pudor alguno de que debajo no aparezca el traje de “supermán”, sino el de “superlópez”.

Necesitamos, y la política de hoy no nos lo da, una justificación para abrir los dos ojos a la vez, para ser capaces de analizar una y otra realidad antes de lanzarnos a incendiar ondas radiofónicas o convertir las páginas de los periódicos en Bakerspeppers, que dicen que es el pimiento picante más fuerte del mundo.

Dos ojos y una mente abierta, pensar las cosas dos veces antes de decirlas. ¿Acaso es menos legítimo el Gobierno de Pedro Sánchez o Torra en Cataluña que el de Moreno en Andalucía? ¿Es Vox menos extremista que Podemos o cualquier batasuno? El día que nos de por pensar que se aprovechan de nuestra vaguedad de razonamiento nos vamos a sentir tan mal que, además, les vamos a hacer el caldo gordo, porque es muy español eso de no ir a votar o hacerlo al extremo más pintoresco, por el mero hecho de joder a un enemigo invisible que no sabemos ni quién es ni lo que nos ha hecho. No creo que en el fondo seamos así, pero así lo estamos haciendo, y el problema no es realmente su efecto en el presente, sino el terreno que abona de cara al futuro. Y todo culpa nuestra.