Joaquín Amérigo

Javier Salvador es periodista y abogado

Es muy complicado escribir unas líneas sobre un amigo al que solías ver en la quedada de los viernes en La Cala. Y claro, era el lugar que él elegía y al que había que ir porque los dueños son Miguel y su hermano, los hijos de no sé quién, que era o es una bellísima persona. Pero era así para todo. Cuando llegabas con él a un sitio, te sacaba la radiografía completa de la persona, su árbol genealógico y la coletilla de siempre: “una bellísima persona, y una gran persona…”

Claro que, si yo lo estoy pasando mal, me imagino perfectamente a Capri, uno de los redactores jefes de La Voz, hecho un verdadero mar de lágrimas, recordando a uno de sus grandes amigos. Alguien que movió cielo y tierra para que no faltásemos ninguno de los que teníamos que estar el día que Simón dio el pregón en su pueblo. Porque Joaquín era así. El primero que te llamaba para decir: “Oye, mira que te diga una cosa, tienes que llamar a… y felicitarle que…”. Siempre lo mismo. Pero de su boda con Pía nos enteramos días después, en uno de esos viernes. Y no dijo nada hasta la hora de pagar, que simplemente sentenció con un: “Hoy invito yo por mi boda”. Así era el bicho.

Conocí a Joaquín Amérigo cuando yo aún llevaba pantalón corto, en La Crónica. Nunca me quitó el ojo de encima, porque tanto Capri como yo éramos, sencillamente, niños jugando a ser periodistas, escapando de no sabíamos qué y refugiándonos en un mundo que realmente no nos correspondía. Joaquín era consciente de que teníamos que ganarnos cada centímetro de terreno con el doble de esfuerzo, y siempre tenía una palabra de ánimo, y de vez en cuando un rotundo: “A ese ni caso, que es un chalao y un impresentable”. Cuando veía que te zurraban duro de verdad, también era el primero en llamar.

Sencillamente, no quiero creerme que ha muerto. Pero si ya no está, por lo menos sé que ha sido feliz. Que su última etapa de vida con Pía, su esposa, le ha llenado tanto que compensa todo lo no vivido y disfrutado en el pasado. Deja viuda a Pía, viudo a su Antonio Sáez y huérfanos a los demás.

Lo siento. No puedo más. Otro día les contaré quién fue Joaquín Amérigo como profesional. Hoy solo alcanzo a juntar letras para intentar describir entre líneas lo que mi compadre y yo nos dejamos en el camino.