Inteligencia artificial en la abogacía

Javier Salvador es periodista y abogado, con especialización en el ámbito penal del derecho al honor

Miedo, recelo, preocupación, hartazgo por aquello de otro cambio más. Incredulidad, oportunidad…
Todo eso y mucho más es lo que la inteligencia artificial y su aplicación práctica genera en la abogacía. Realmente lo genera en todos los ámbitos profesionales, pero ha sido el Colegio de Abogados de Almería el primero en coger ese toro por los cuernos, ponerlo sobre la mesa y someterlo al escrutinio de un sector que, obviamente, no se calla ninguna de sus preocupaciones.

Interesante es que uno de los impulsores de estas jornadas fuese Luis Miguel Columna, juez que hace ya más de 20 años predicaba en el desierto de los juicios rápidos o la humanización de la justicia en el ámbito de los menores. Pero más asombroso ha sido descubrir que en Guadix, en un juzgado de Instancia e Instrucción, te encuentras un joven juez con fuertes vínculos con Almería, Alfonso Peralta. Y, ojo, si bicheas por ahí, es uno de los principales expertos sobre las posibilidades de aplicación y futuro de la inteligencia artificial en el complicado y controvertido mundo de los juristas. Una pasada de jornadas, con ponentes que jamás pensarías que vendrían aquí a Almería para hablar de esto. Hasta tengo al CEO de Maite, una de los modelos de moda, sentado justo detrás.

Hasta aquí todo genial. Pero vamos al lío.
HECHOS PROBADOS: Es una tecnología que ya está implementada en el uso doméstico y, en cierto modo, su viralización será como una epidemia de COVID. Llega a todos y sin compasión alguna. Aquellos con más de 55 años, sencillamente mayores, son precisamente sus víctimas aparentes más vulnerables, pero el remedio está ahí, es barato y sencillo. Ahora bien, que nadie pierda la pelota.

Yo he usado IA para hacer textos periodísticos durante algo así como 3 años. Me comí los primeros cursos de aproximación a la inteligencia artificial un poco antes, etc… Llegué a calcular que mi capacidad de producción aumentó más del 60 %. Obviamente, la calidad no era la misma, precisamente por la reducción del factor humano, de ese plus de color, de creatividad. Entrené mis chats por temas, generando verdaderos modelos expertos en distintos tipos de redacción. Lo tenía claro. Al cliente que lo primero que pedía era una rebaja, negociar el precio, directamente lo derivo al modelo IA. Ojo, no es despectivo, ni mucho menos, mis modelos están entrenados sobre mi conocimiento, con miles de artículos y noticias escritas en el pasado. Todo lo que he hecho hasta aquí y que aparentemente ya no me iba a servir para nada.

Al cliente que llega dispuesto a dejarse guiar, ese que paga la diferencia, que apuesta por la improbable pero posible aparición de la genialidad, ese recibe pura artesanía que luego cotejo con IA por si se me escapa algo.

Hoy día, en el mundo editorial de la comunicación comercial, no muy diferente a cualquier otro, se paga hasta un 250 % más por una pieza que garantices un 80 % de producción humana, y aquí, para lo que se usa la IA es para detectar si te están colando un producto hecho netamente con un modelo generativo del tipo GPT. Es decir, el contenido original, el conocimiento humano aplicado al caso concreto, aumenta de valor con la llegada de la IA porque, sencillamente, es la materia prima de esa inteligencia. De no ser así, hablaríamos, además, de una inteligencia del pasado, incapaz de crecer, de reciclarse… pero solo por ahora, que todo puede pasar.