Crypto estafados y otros idiotas
En los próximos días, semanas y puede que meses, vamos a ver cómo el caso de Madeira Investment Club, CryptoSpain, Álvaro Romillo, Albise Pérez, Se Acabó la Fiesta y otros nombres vinculados a este entramado de criptomonedas, que la Comisión Nacional del Mercado de Valores ya definió como “chiringuito financiero”, se convierte en ese saco de boxeo con el que buena parte de esta sociedad se va a desquitar de odios, envidias y frustraciones. Nada nuevo.
Apenas nadie se acuerda, pero no hace tanto, en 2022, otro gurú de las criptomonedas llamado Javier Biosca armó una presunta estafa piramidal que se llevó por delante 800 millones de euros de pequeños y medianos inversores.
Como no aprendemos ni leemos, dos años después de que ese gurú se precipitase desde el balcón de un apartamento y sin que nadie cobrase, toda una legión de jovencísimos inversores se ha dejado embaucar por un tipo que les daba consejos con mascarilla, con la cara tapada, para que nadie le pudiese reconocer. Ojo, que este es el país en el que unas señoras ya maduras han sido estafadas por un falso Brad Pitt al que nunca conocieron, pero al que enviaron varios cientos de miles de euros. Que tontos los hay de todas las edades.
El triple salto mortal lo hemos dado con la relación entre Álvaro Romillo, el gurú de la mascarilla, y Albise Pérez, el político revelación de extrema derecha que iba a poner el pan barato en el panorama político. La presunta estafa del tipo de la mascarilla alcanza, según algunas fuentes, los 600 millones de euros, pero harían falta 6.000 personas con 100.000 euros cada una para llegar a ese capital. Sin embargo, el perfil de los damnificados es de jóvenes, mayoritariamente con un nivel intelectual bajo y escasos recursos económicos. Carne de cañón para una estafa piramidal, por muy ayudado que estuviera por un populista de extrema derecha. Habrá que esperar para conocer los números reales.
Todos estos perfiles siempre nacen vociferando contra alguien o algo. Contra un sistema que no satisface a quienes tienen prisa por alcanzar unas mínimas cotas de éxito. Pero claro, si en vez de decirle a un joven de veintitantos años que se ponga las pilas y trabaje como un león, le cuentas que el problema es que le están robando, y que en otros lugares gente con sus capacidades ya es millonaria, acabas de encontrar el punto G de su autoestima. Y tampoco es algo nuevo. Un político de la Primera República dijo en una ocasión que la calumnia es hija de la ignorancia y hermana gemela de la envidia.
Insultos, mentiras, escaso desarrollo intelectual y envidia, casi que es una definición de libro para pescar en las redes sociales tal y como están configuradas en estos momentos.
Y verán, miles de esas víctimas entraron en esos perfiles en los que luego fueron engañadas y estafadas, guiadas por unos algoritmos creados por las redes sociales para conducir al público a un determinado lugar. Cuando una persona realiza ese trayecto, genera una serie de datos de extraordinario valor para determinadas empresas. Cuando lo hacen millones de personas, generan movimientos económicos mucho mayores que los pocos cientos de millones que pueda llegar a estafar un payaso con mascarilla o el último listo que haya llegado a la política. Y llegados aquí, toca mirar alrededor y ver quién puede ser, junto al autor, responsable civil subsidiario del daño ocasionado.
Imaginen, por ejemplo, que Telegram o YouTube tuviesen que pagar por el hecho de haber sido colaboradores necesarios, plataformas, medios de comunicación que debieron estar alerta de lo que sus algoritmos estaban amparando. Pues el día que veamos a uno de ellos en el banquillo, las cosas pueden empezar a cambiar. Pero el día que paguen la factura como responsables civiles subsidiarios, se acaba de raíz el problema.