Esos rojos del PP
Tengo más amigos en la derecha y extrema derecha que en la izquierda del arco político. Cosas de juventud. No solo respeto sus posiciones, como no puede ser de otra manera, sino que en muchos casos admiro la convicción con la que defienden determinados postulados que, obviamente, en mi madurez no comparto ni compartiré. Sin embargo, me llama poderosísimamente la atención algo que se está dando en muchos, muchísimos de ellos. Una situación que cada vez se repite con mayor frecuencia: empieza a ser tendencia la opinión de que la actual casta que copa la dirección del PP son más o menos como los "rojos del PP", es decir, paniaguados sin oficio ni beneficio, pero con sueldo de ministro y sin trayectoria profesional para merecerlo. Lo mismo que criticaban en el PSOE de antaño, de ahí lo de "rojos del PP". Buenísimo.
Me llama especialmente la atención que todos ellos atacan abiertamente a los suyos, concretamente a la alcaldesa de Almería y al presidente de la diputación provincial. Hay comentarios en sus perfiles de redes sociales poniéndoles a parir, denunciando las subidas de impuestos en la capital, o la insustancial gestión provincial. Todo el mundo sabe lo que se ha subido el agua, el IBI, ahora la basura, y lo que queda por venir. Las deficiencias que hay en todas partes y, en definitiva, lo que conlleva una gestión en la que no parece que haya una dirección, un horizonte claro después de 20 años capitaneando Almería.
Tradicionalmente, a un votante del PP le ponías a la cabra de la Legión como candidata al Congreso o la alcaldía y votaban sin mirar la cara del bicho, candidato o candidata. Se votaba al partido. Pero el PP creció y, con ello, llegó al gobierno de Aznar, sumando votos de centro y de la izquierda moderada que, al envejecer, creían que en la derecha encontrarían un mejor cobijo a sus intereses en edad de jubilación.
El mito de la derecha que gestiona mejor la economía cayó, entre otras causas, por los empujones al precipicio que le dio el incomparable Rodrigo Rato. Y ese votante devoto comenzó a migrar. Primero a la abstención, luego a figuras como Ciudadanos y Vox y, finalmente, hacia Vox, y ese "se acabó la fiesta" del tal Alvise Pérez. No olvidemos que este personaje llega a la política desde UPyD y luego Ciudadanos.
El votante muy de derechas del PP se va a Vox, pero en cuanto descubre al verdadero sultán Abascal, el que no tiene ideología, es decir, al que le va la fiesta de "a ver a quién jodo votando esto", de ahí migra con Alvise. Entre todos han generado un escenario similar al que acabó con el PSOE de antaño, es decir, cuando se desangró por su izquierda con la aparición de partidos alternativos a lo tradicional. Lo que se llama duplicar la apuesta.
A todo esto se une el mundo de las redes sociales, donde el descontento corre tan rápido que un tipo con un perfil de Telegram, megáfono en mano y un bono gratuito de tren, te monta una alternativa capaz de sumar tres eurodiputados y que, a día de hoy, ojo al dato, ya tiene más porcentaje de intención de voto que Podemos de cara a las próximas generales.
Si a esto le unimos el descontento de los ultrillas que hasta ahora votaban a PP en ciudades como Almería, encontramos que personajes como María Vázquez Agüero, y demás, tienen un serio problema de subsistencia que deben afrontar planteándose verdaderas remodelaciones de equipos de gobierno.
Toca acallar crisis como las generadas por las subidas de impuestos cuando la ciudad tiene dinero para poderlo evitar. Una feria que decididamente ha muerto, y un cúmulo de errores en la gestión de los barrios en los que, en vez de sacar pecho de mayoría absoluta, sencillamente, es más rentable hacer actos de contrición de vez en cuando que aceptar la compulsión de un electorado cabreado.