El racismo que se ve

Javier A. Salvador, teleprensa.es

Queda tanto por aprender, por hacer y por convencer, que resulta casi insultante llevarse las manos a la cabeza cuando ocasionalmente se escapa una ráfaga de la realidad en el mundo de lo políticamente correcto. Pero llama especial la atención esta semana en la que se celebran infinidad de actos por el mayor crimen xenófobo que conocemos, el intento de exterminio de los judíos en la Alemania Nazi. Así que, por ahora, se puede dejar de lado el plátano lanzado a Diego Alves, un jugador del FC Barcelona, que parece importar más que el hecho de que un ayuntamiento convoque plazas, puestos de trabajo, sólo para nacionales. Y claro, es  más llamativo que el hecho de que se permita una entrega de comida a familias necesitadas por parte de una organización xenófoba que sólo ayudaba en plena calle a nacionales. Pero la mayoría silenciosa entiende perfectamente que sean casos menos llamativos.

Hoy, el mundo, habla de otro suceso de esta naturaleza pero ocurrido en EE.UU., donde el multimillonario propietario de Los Ángeles Clippers, Donald Tokowitz Sterling (judío nacido en 1934), fue grabado mientras hablaba con su novia, una bella joven farandulera que nos enseña todo en su perfil de http://instagram.com/vstiviano. En la conversación le decía textualmente que “me molesta mucho que difundas que te estás relacionando con gente negra. ¿Tienes que hacerlo? Puedes dormir con ellos. Puedes traerlos aquí. Puedes hacer lo que quieras. Lo poco que te pido es que no lo promociones, que no los lleves a mis partidos, que no los traigas al pabellón”. Pues bien, estas declaraciones, que fueron pilladas por tmz.com, -un medio especializado en deportes-, de una conversación telefónica totalmente privada entre el magnate y su novia serán su fin.  Obviamente la primera pregunta que se hace mucha gente es “será ilegal captar llamadas ¿verdad?” y puede que sí, pero eso no quita que la conversación exista, que su contenido sea ese y que, posiblemente, le cueste al viejete poner tierra de por medio entre él y la NBA, ya que hasta el propio presidente Obama, tan negro como los amigos de su joven novia, le ha mandado un recadito que no ha necesitado traductor ni validación judicial del la conversación.

Entiendo que en España es distinto, que si aquí pillan una conversión entre un presunto delincuente y su abogado en la que le corrobora todo lo que el juez  que le encarceló sospechaba, lo normal es que no mantengan en la cárcel al presunto delincuente sino que enjuicien al juez hasta expulsarlo de la carrera judicial, pero eso son usos y costumbres, como que allí son más de hamburguesas con queso y aquí más de bocata de jamón con tomate “restregao”.

Durante los muchos viajes que por trabajo he hecho en los últimos veinte años a distintos países árabes y africanos, me llamó especialmente la atención que era precisamente allí donde se vivía el racismo con mayor crudeza. En Mauritania, por ejemplo, los africanos de piel negra que yo vi vivían una neo exclavitud que justifica cualquier intento de cruzar el desierto descalzo o el atlántico a nado. Pero el país recibe millones en ayuda e inversión española. En los países árabes en los que he estado, como Marruecos, Argelia, Túnez o Libia, y no hablemos ya de los Emiratos Árabes, las diferencias sociales que marca el poder adquisitivo abren brechas absolutamente insalvables con otros ciudadanos de su entorno. Pero nada de eso importa si contratan obra pública en visitas “reales”.

 Pero peor aún es que en los países de población totalmente negra, y parece que poco se acuerdan de ellos, las guerras entre tribus se resuelven a machetazos. Y son guerras por racismo, pero el mercado negro de sus recursos naturales es más jugoso que cualquier cargo de conciencia.

Desde luego es un buen síntoma eso de rasgarse las vestiduras, pero sería mejor que alguna vez tomásemos las cosas un poquito más en serio. Y como ejemplo pongo los Estados Unidos de América, del que dicen es el país de la hipocresía desmedida, donde un rico que vive de sus jugadores negros resulta que no los quiere cerca de él, y por decirlo, sin que llegase a tirar plátanos, ofreciese trabajo público alguno con condiciones de raza y religión o repartiese comida xenófobamente para provocar, le van a dar tantas leches que le saldrá moratones hasta en la foto del pasaporte. Y eso, por lo menos, es actuar.

En España habrá que espera para ver en lo que queda el platanazo, pues igual ese racismo que se ve obliga a actuar y, de paso, trae soluciones para el que no se ve.