El modelo Brasil

Javier Salvador. Periodista

No hace mucho los grandes entendidos de la economía nos ponían como ejemplo de cómo hacer las cosas a Irlanda. Y bueno, tampoco tengo que decirles mucho más. Poco después en las escuelas de negocio se nos animaba a mirar hacia Portugal como una gran oportunidad de inversión porque la robustez de su modelo no dejaba lugar a dudas. Y bueno, tampoco tengo que dar explicaciones. Entonces se dio un giro total y se decidió no hablar más de modelos económicos, sino de valores, de países donde determinados valores se inculcan desde la más tierna infancia para que al final la sociedad sea infinitamente mejor. Y el ejemplo a exponer fue Finlandia hasta que un tipo armado con un una bolsa llena de metralletas cometió una verdadera masacre. Pero claro, por si íbamos a creernos que era un hecho aislado empezaron a contarnos los problemas con el radicalismo y las perversiones de una sociedad que se nos vendía como perfecta.

Pues bien, durante unos meses vamos a tener Brasil hasta en la sopa y todo porque a las grandes empresas de este país les interesa hacerse con los contratos que allí se rifan. Y claro, lo que aún no me ha aclarado nadie es qué empleo genera eso en España y, sobre todo, si el beneficio viene aquí o se queda allí para sacarlo poco a poco a paraísos fiscales, algo que ya nos han enseñado que saben hacer muy bien hasta en las casas reales.

Pero si quieren que hablemos del modelo brasileño lo podemos hacer y del porqué es hoy un país con un crecimiento envidiable. Bien, todo se llama efecto Lula. Sí, lo quieran aceptar o no así es. Un presidente, un verdadero mandatario, un líder que logró que el país se uniese en torno a su carisma y fue tal la fuerza con la que lo hizo, que trascendió fuera de sus fronteras y, de repente, Brasil se convirtió en el lugar que tenía algo más que las playas y el carnaval de Río de Janeiro. Y consiguieron un mundial de fútbol, y hasta la atención de grandes empresas para proyectos energéticos casi imposibles, pero movieron ficha, generaron confianza y hubo un presidente con una capacidad de convicción abrumadora. Tenían un líder.

Estados Unidos, pese a su deuda, problemas y ser el origen de todos nuestros problemas, tiene un líder. Obama es para los americanos lo que Lula fue para los brasileños. Alemania tiene una líder e incluso Reino Unido aún vive un poco de las rentas que le dejó Tony Blair, porque pese a ser de un partido contrario, el efecto de los grandes líderes trasciende de lo meramente político y de las siglas que dividen ese estúpido escenario.

España tuvo su gran líder, sin duda alguna Felipe González fue en su época lo que Lula, Obama, Blair o Merkel.

Confianza.

Cuando se habla de generar confianza la pregunta es ¿En qué?, pero la verdadera pregunta debía ser ¿En quién?

España, a día de hoy, tiene un presidente que es una buena persona, pero no sólo no cuenta con la confianza, sino que no tiene credibilidad para el electorado, ni tan siquiera para el suyo propio, que le ve en manos de quienes verdaderamente mueven su partido.

La pregunta es si se puede confiar en un presidente que llegó al poder por designación directa de quien en unos días añadirá, con la primera parte de su biografía, más leña al fuego de la falta de credibilidad.