Doctor dígamelo por skype

Javier A. Salvador, teleprensa.es

Tal día como hoy he perdido una de las horas más tontas de mi vida. Y cómo no, pues tenía que ser en el médico.

Después de tres meses acudí al médico para una revisión, un trámite sin consecuencia alguna prevista. Llego cinco minutos antes de mi hora prevista (12:20 horas) y pregunto a los compañeros de sala de espera ¿Saben cómo va el turno de horas?

Obviamente no me esperaba la respuesta que una señora me iba a dar en ese momento, por el mundo se iba a caer a los pies: “Yo tengo consulta a las 11:30 pero aquí no sale nadie”.

La situación me resultó extraña porque ciertamente el Servicio Andaluz de Salud suele funcionar muy bien.

Me asomo a la puerta y me aparece un cartel con letras bien rojas “no llamen, nosotras saldremos a atenderle”, así que nada, me siento y tiro de tableta para ir adelantando trabajo.

Al rato sale un señora  con ropajes blancos, no tengo claro si enfermera, auxiliar o celadora, pero el caso es que pregunta ¿hay alguien para consulta?

Obviamente los que estábamos allí nos miramos unos a otros con cara de pseudo asombro, pero ni corto ni perezoso levanto la mano ante el miedo que parecía sentir el resto por si la señora se indisponía con ellos, así que ahí voy y me lanzo con un varonil, firme y escueto “Yo”.

La señora actuó casi sin mirarme,  de tal manera que antes de terminar de girar el cuello para clavarme a los ojos como puñales contraatacó con una pregunta al aire, volviéndose al tendido mientras decía: ¿Y seguro que no traes el papel?

Pero se equivocaba, ahí estaba yo con mi chaqueta planchada, camisa limpita y mochililla perrofláutica regalo de mis sobrinas por mi 43 cumpleaños, y en su interior el papel de la victoria, ese que decía nombre, lugar, fecha y hora de mi duelo con la auxiliar. Bueno realmente era el papel de la cita, pero no, esa guerra no la iba a ganar yo porque al enseñarle el documento la pregunta siguiente fue demoledora ¿y por qué no entra a dármelo? Y claro el contraataque era claro ¿Y por qué tiene usted un cartel que dice que no llamemos? Pero a partir de ahí se hizo el silencio. Y tanto.

Total, que hasta las 13:35 no entré en la consulta, con un doctor majísimo que me miró, me saludó, me preguntó ¿qué tal?, a lo que yo respondí ¿pues muy bien?

¿Algún problema?

Pues realmente ninguno por ahora-, contesté intentando poner fin a aquello.

Total, una visita de rutina, marcada por un procedimiento que alguien escribió hace años y que, seamos sensatos, está desfasado a todas luces.

Ese doctor, es obvio, que tiene ordenador, maneja skype, y con una conexión de cinco minutos, nos habríamos quitado los dos el trago de una conversación que ninguno sabíamos como alargar, porque tampoco entendíamos que tuviésemos que hacerlo.

Llegar al hospital me costó unos 35 minutos, a lo que hay que sumar una hora larga de espera y otros 35 minutos, un poquillo más porque la vuelta fue en hora punta, suman más de dos horas que como autónomo no me puedo permitir. Como empleador pues mucho menos, pero como administración que necesita que la gente rote en sus centros médicos es inconcebible. Y Claro, no les cuento nada de la pobre criatura que tenía cita sin número, el último de la mañana, al que le había dicho que fuese sin desayunar.

Seamos sensatos por una vez y veamos en la tecnología, y sobre todo en las gratuitas, un aliado para ahorrar tiempo y ser más productivos, que es el fin que persiguen todas estas herramientas.

Una visita de procedimiento, un resfriado de antiestamínico de libro y todas esas cosas que no precisan realmente una atención tan personal se resuelven con 5 minutos de videoconferencia por cualquier plataforma estandarizada. Por lo menos que sea una opción, aunque eso no nos prive de las auxiliares, sus carteles y sus cosas.