Unos días después de Walilí
Después de unos días, unas semanas, en las que se ha podido leer de todo, igual es el momento contar esa otra verdad incómoda que nadie quiere leer o escuchar. Pero antes de ello invito a una reflexión. Durante años, cada vez que un visitante pasó por la carretera que va desde San Isidro a San José, esa que atraviesa la Serrata de Níjar hasta Los Nietos o el paraje denominado Walili, la gente no se asustaba por las condiciones de vida que se podían dar en ese lugar. Lo que realmente molestaba era su visión, encontrarnos frente a una realidad incómoda. Desentonaba con esa idea del lugar idílico en el que disfrutar de unas playas únicas, un montón de arroces y tapas acompañadas de cervezas bien frías durante un verano en el que no te apetecía que te removiesen la conciencia. Somos así de hipócritas.
Pero sobre el terreno la verdad es, bueno era, otra muy distinta. En los asentamientos ilegales como Walili, especialmente, las personas eran rehenes. Estaban sometidos a mafias que los atraían con un techo barato, sobrevivir, aunque fuese bajo plástico, por 50 o menos de 100 euros al mes. Unas condiciones que para muchos no diferían mucho del lugar del que venían. Mejores que las soportadas en los meses de travesía hasta llegar aquí. Pero una vez dentro, caían en la trampa.
Redes que investigan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado desde Madrid, conseguían que bajo la figura de un mismo contrato trabajasen varias personas distintas. Se cambian los papeles al igual que los seguros de los coches, las tarjetas sanitarias y toda documentación en la que no aparezca una foto de la persona. Otros eran obligados a permanecer allí hasta que sus familias, en origen, no terminasen de liquidar la deuda contraída con las organizaciones a las que habían pagado por cruzar hasta España. Otros muchos fueron sometidos a condiciones peores, y casi todos ellos han sido testigos de cómo ese asentamiento era la guardería de mafias para almacenar drogas hasta que siguiese su ruta camino de los países del norte.
Contar esa verdad es menos romántica que hablar de la desatención de las personas a las que todas las administraciones dan, o daban, la espalda. Todo se ocultaba bajo la incómoda verdad de que son necesarios para trabajar en un campo y en unas condiciones en las que los de aquí se niegan a hacerlo, y que no difieren mucho de las vividas por millones de españoles que emigraron a países del norte de Europa. Españoles que como estos moradores de asentamientos, también escapaban de una guerra, una dictadura, del hambre y de la pobreza. Y ojo, que esto no justifica nada, sólo fija un contexto.
Ahora podemos hablar de si la forma en que se hizo el desalojo de Walili fue un acierto o un error, porque para gustos hablemos de colores, pero hay tres hechos fundamentales que no podemos olvidar. El primero que ninguno de los moradores duerme a la intemperie. Todos los que así lo pidieron fueron acogidos, comen caliente y los servicios sociales nijareños les buscan una salida reglada.
El segundo hecho es que Walili ya no existe. Nadie más hará viral una foto de un poblado de chabolas rodeado de invernaderos en pleno Parque Natural de Cabo de Gata Níjar. Se acabó el circo.
Y el tercero y más importante, los nijareños, su sociedad, ha puesto un límite. No más walilís, y al que se le salten las lágrimas que aporte soluciones, que aporte dinero para su manutención o que ponga a su disposición viviendas que puedan alquilar. Solidaridad de verdad, de la tangible, de la que sirve para ofrecer ayuda humanitaria y no para únicamente rellenar 140 líneas de un tuit.