Derecho a decidir
Javier Salvador. Periodista
Hace un año me llamó especialmente la atención aquello que en Catalunya la mayoría de ciudadanos sentía por su bandera, la señera, porque es lo mismo que sólo una minoría es capaz de demostrar por la española a lo largo y ancho de todo el Estado. Pero este año lo que ha debido quedar claro tras la Diada, hasta para esos ciegos que no quieren ver pero que son capaces de, siendo sordos, escuchar las mayorías silenciosas, es que se han ganado de manera sobrada su derecho a decidir. Y lo más asombroso de todo es que seamos tan necios como para creer que ellos no tienen derecho para decidir porque el resto si tenemos derecho a hacerlo sobre ellos. Absurdo ¿verdad?
Pero no menos vergonzoso es que los únicos que son capaces de demostrar su disconformidad con el mensaje catalán el día de su fiesta grande, sean aquellos que lo hacen con la cara tapada, a golpes y en Madrid. Y no, por una vez en la vida esas no son las señas de ETA, sino de los otros terroristas, y que nadie se equivoque, que si hay una minoría en este país son ellos y si esos son los que supuestamente defienden la bandera española, a mí que me borren de ella, que con la andaluza ya me sobra tela para cortar.
Lo que está claro, lo que no deja lugar a dudas, es que ya no sólo tenemos la obligación de hablar de que algo sucede, sino que no nos queda otra opción, como ciudadanos de un mismo Estado, que asumir el hecho de que todo ha cambiado tras una crisis que ha marcado a este mundo, y que ese cambio debe llegar a las instituciones cuanto antes.
Dicho de otra forma. No creerá nadie que un gobierno acorralado por la corrupción tiene legitimidad alguna para decirle a nadie lo que debe hacer o no.
Y hay más, porque mientras gobierno y oposición ocupen el noventa por ciento de su tiempo en reprocharse uno a otro sus casos de corrupción, enchufismo, evasión fiscal y otras pequeñeces por el estilo, es muy normal que cualquier ciudadano español diga eso de "paren que yo me bajo", porque si en esto consiste el concepto de gran nación, prefiero centrarme en problemas más cercanos, los de mi comunidad, por ejemplo, y que el conjunto del Estado sea entendido como una asociación de interés económico, el vehículo para formar parte de Europa y poco más, porque digo yo que alguna fórmula habrá, ya que este tipo de conflictos territoriales ni son exclusivos de Catalunya y ni tan siquiera de España.
Si queremos que sobreviva España, como nación, como concepto de unión territorial, vamos a tener que diseñar una nueva fórmula en la que puede que hasta nos sobre la mitad de la administración, y no hablo de sus servicios, sino de cámaras de representantes y organismos por útiles en un país en reajuste. Y claro, para eso o todos salimos a las calles y hacemos el ruido necesario y nos hacemos oír, como los catalanes en su Diada, o conseguimos de alguna otra manera que el Gobierno escuche no sólo las mayorías silenciosas que a ellos más convenga.