Autónomo y apaleado
¿Saben aquello de cornudo y apaleado, verdad? Pues esa es la sensación de todo autónomo. Creemos que levantamos el país a peso con nuestro esfuerzo, que somos la piedra angular del ecosistema económico, pero ¡noticia de última hora!, apenas somos el 15 % de los cotizantes. Y si sumamos los poco más de 800.000 empleos directos que aportamos al global de puestos de trabajo generados en España, tampoco es para tirar cohetes.
Pero entonces, ¿quiénes somos y hacia dónde vamos?
Yo creo que para responder a esa pregunta debemos mirar hacia atrás, ver de dónde venimos, cuándo surge la figura del autónomo, por qué y para qué. Básicamente, en el 71 nace esta tortura que padecemos los que nos autoempleamos, y lo hace para dar respuesta a una necesidad básica, que era acceder a la Seguridad Social, tener una cobertura mínima.
Para que los más jóvenes lo entiendan: el médico, las operaciones, la baja si enfermas o una pensión por incapacidad si tienes un accidente. Y claro, todo eso está muy bien, pero ¿para qué pago por el sistema público de salud en Andalucía o Madrid si nos empujan continuamente a lo privado? ¿Y para qué pago por una pensión, si como autónomo te va a quedar literalmente una mierda, porque todos cotizamos lo mínimo, que es lo que suele ponerte la asesoría de turno por sistema?
Venga, seguimos avanzando. Y claro, luego, si nos queda tiempo o espacio, hay que hablar del principio de solidaridad y todo eso, de ayudar un poquillo a los demás. Pero de momento, al tajo parejo.
El sistema de autónomos no se creó, es obvio, para tener un país de “falsos asalariados”, ni para abaratar costes laborales, ni como mecanismo de flexibilidad empresarial. El modelo nace para proteger al pequeño, pero cualquiera con menos de 30 años que sea verdadero autónomo dirá que la protección no es precisamente cojonuda. Y, bueno, también hay que tener en cuenta que la cuota que se paga puede ir de los 250 a los 1.500 y, como en todo, más pagas, más recibes.
Y por eso tenemos que romper con todo.
El modelo no vale. No tiene contento a nadie. No cubre las expectativas del autoempleo y luego suceden cosas tan estúpidas como el hecho de que si tienes una empresa unipersonal también tienes que ser autónomo porque dos de los pilares del régimen general son la ajenidad del trabajador y su dependencia, pero, por otro lado, no es razonable que quien crea empleo, riesgo y actividad tenga peor vejez que quien nunca asumió ninguno de los tres.
Y esa es la clave: redefinir al autónomo e incluso al régimen general para que se permita una cotización asimilada para una vejez y protección más equiparada.
La otra cuestión importante: lo poco que cobra el autónomo no depende del sistema, sino de lo que tú seas capaz de hacer valer tu trabajo. Y de eso ya hablamos en otra bitácora.