Autocaravanas

Javier Salvador es periodista y abogado, con especialización en el ámbito penal del derecho al honor

La mayor parte de las mañanas salgo a andar un poco. Cosas de la edad, la necesidad de pensar durante un rato ajeno a todo mientras escucho, como ruido de fondo, a la Barceló... Como mi escenario mañanero es el Paseo Marítimo de Almería en dirección a la desembocadura del río Andarax, me calzo unos amaneceres que son la hostia. Solo comparables con los atardeceres desde el mismo lugar. Cosas de ser de aquí, de Almería, donde lo mejor es lo natural porque de lo material hay muy poco que rascar.

En ese escenario me encuentro a diario con decenas y decenas de caravanas. Alemanes, ingleses, holandeses, belgas. De todo un poco y de todas las edades.

¿Un problema? No lo tengo claro.

Desde que están en esta zona, es sencillamente seguro caminar por la noche o de madrugada por estos lugares. Hay vida. Salvo raras excepciones, son gente limpia y ordenada, y a los que paseamos por estos lugares sencillamente nos dan eso: seguridad y, muy importante, los buenos días que nos damos entre los de aquí.

También te dan la oportunidad de descubrir algunas historias, como la de @lafamillebougeotte, que vive en un autobús reconvertido en casa. Dicen en su web que llevan un año siendo nómadas. Viajan con sus hijas, un perro, y un objetivo, una tarea social que cumplir. Puedes encontrarlos en Instagram, al igual que a muchos otros que también ponen las direcciones de sus webs y redes sociales impresas en sus vehículos para que conozcas algo de sus vidas. Si te interesa algo más que tu mismo, claro está.

A todo esto, tengo un amigo que siempre me pregunta lo mismo: “¿Dónde tiran lo que recogen en sus váteres químicos?”.

Bien. Solo en una ocasión he visto a un caravanista vaciarlo en el alcantarillado de pluviales. Mal hecho, está claro. Pero estoy harto de ver cómo los de aquí tiran cubos de todo, hasta con pintura, en las mismas arquetas.

Ahora visualicemos la punta del río. Ese lugar que va desde la pista de tráfico hasta el mar, donde ya hay un aparcamiento también ocupado por caravanas y con más de 55.000 metros cuadrados ociosos, acumulando mierda, que se supone que en un futuro albergarán unas instalaciones deportivas. Dicen que hasta habrá un puente peatonal que conecte el Paseo Marítimo con el de Ribera para llegar a la universidad. Es decir, un lugar ideal para dotar a Almería de ese gran aparcamiento de caravanas, con pago de un mínimo precio público a cambio de unos servicios elementalmente básicos. ¿Por qué no?

Y si no puede ser allí, que alguien con dos dedos de luces decida dónde, porque una oportunidad que nos ha llegado de manera natural, por pura inercia del boca a boca y perfil a perfil, la vamos a convertir en un problema.

Tomemos el ejemplo de Portugal, que primero los utilizó para atraer, luego los reguló para asentar y, al final, les ofreció condiciones excepcionales para quedarse allí la mayor parte del invierno.

Pensemos, preguntemos y actuemos, pero, por todos los dioses y santos que existan en todas las religiones que conozcamos, que a nadie se le ocurra arreglar el asunto con un contrato de consultoría si el resultado lo van a meter en un cajón. Recuerden aquello de: “Si yo tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de la solución, gastaría los primeros 55 minutos en determinar la pregunta apropiada, porque una vez conociera la pregunta correcta, podría resolver el problema en menos de cinco minutos”. Y vamos, que el autor, Albert Einstein, para nada es sospechoso de haber sido especialmente poco inteligente.